Crónica XXXIV. El farolero.
En la aldea de los seres primordiales, donde el arroyo baja limpiando a partes iguales sus almas y las de sus vecinos, a veces los dioses menores que los condenaron apagan las farolas de gas wozú, dejando a oscuras las sinuosas calles del barrio de sus espectros.
Es el momento de caminar en la oscuridad , tanteando las paredes, buscando puertas que no se abren por miedo a que en ellas entre y se instale la fría y gris niebla de los páramos; la densa y hedionda niebla que, tarde o temprano, acabaría devorando los recuerdos de sus antepasados, aquellos que viajaban en barco hacia las islas de Kamuth para no volver.
Y es el momento en el que los lobos bicéfalos del páramo helado bajan de sus guaridas de jade, a enseñorearse de las almas de los condenados, devorándolas una a una, lágrima a lágrima.
Pero en esto Rudolph, el misterioso farolero que vino de L'ahg, se aproxima cansinamente a una de las farolas y la vuelve a encender; las libélulas del lago se aproximan a ella, y revolotean su luminosa cúpula. Entre ellas hay hadas que también, al roce con las libélulas, dejan caer su polvo místico en los habitantes que se han ido aproximando y agolpando en su base.
Y enciende otra. Y otra, y otra más: es el momento de que los habitantes supervivientes, con sus almas heridas, reciban su parte de polvo mágico cayendo desde lo alto del punto de luz.
Es de nuevo la vida, es de nuevo el principio de los tiempos.
