Me acerqué a la sucia y crujiente barra para encarar al tabernero. No
dije buenas noches, era obvio que no lo eran, o al menos eran todas
iguales en aquella especie de antesala del infierno.
Al posar mis manos en la madera resquebrajada, se me quedaron pegadas
por el reseco azúcar del ron que se vertía allí cada noche desde
tiempos inmemoriales.
Le pedí mi botella de absentha, mi deseado licor del hada verde. Me
dedicó entonces una mirada que se me antojó como si todos los buitres
carroñeros, los que limpian cada noche el cementerio de los sueños,
hubiesen despertado a la vez y me estuviesen mirando con cientos de ojos
sedientos de sangre.
Le dejé dos billetes encima de la mesa, que recogió con un gruñido,
soltando la botella con tal desgana, que hizo crujir siniestramente la
barra. Al devolverme el cambio, tres o cuatro monedas, los clientes se
sobresaltaron al tintineo casi musical de las mismas, y en un momento
tuve a todas las miradas, clientes, viejas putas, muertos vivientes y
tabernero, pendientes de mi.
Allí estaba el viejo Perks, arruinado en el juego, cuya esposa se
marchase años ha con un salteador de caminos; el amigo Chomsley, calvo y
sudoroso prestamista del valle de Thiay, el mismo que arruinó a todo el
pueblo cuando, en la última sequía, sus habitantes acudieron en busca
de su interesada y despiadada ayuda.
También creí reconocer a Laszlo, el ventajista de la guerra, el que
quemó la bolsa del trigo para poder vender sus espigas secas del año
anterior en la etapa del hambre a los gentiles habitantes de Mistra, y a
Fatty Hans, el viejo y gordo sacristán de la parroquia de los ganados,
que vendió todas las obras de arte para saldar viejas deudas de juego
con los diablos del pantano.
Almas derrotadas, condenadas y errantes, que babeaban entre los
pechos de las viejas y desdentadas putas, mirando las tres o cuatro
sucias monedas que el tabernero había lanzado en la barra.
Pero había más, desconocidos seres de los inframundos, tal vez
provinientes de los barrios portuarios de S'hond, la ciudad en la que
desemboca el rio principal que nace en las entrañas de las montañas de
la locura.
Entonces decidí salir como había entrado, silenciosamente y sin
despedirme, y dejando allí las monedas objeto de deseo de aquellas
bestias sin nombre.Pero en ese momento, algunos clientes se levantaron
empujando las mesas y tirando las copas de licor al suelo. Cada una de
ellas dejó una huella ocre y sanguinolenta en el suelo desnudo de
madera. Sentí que me miraban, que miraban mi botella oval. Fue
entonces cuando me aferré a la botella y apreté el paso.
Sentí entonces como si las huestes de los demonios del infierno de
Dante se hubiesen levantado en tropel, para perseguir mi alma angustiada
y aterrada hasta envolverla y devorarla sin ningún tipo de piedad.
Emprendí entonces la carrera hacia el pico del Viento Este por el que
había venido, perseguido por una jauría impenitente de demonios,
desalmados, ventajistas, tahúres y horrores indescriptibles. Tropezaban,
caían, se levantaban, blasfemaban, pero no cejaban en el empeño de
atraparme, comerse mis recuerdos y mi corazón, y robarme mi único tesoro
en aquel momento.
Aferrado a ella corrí, con toda la desesperación de un cervatillo
perseguido por una partida de caza con perros. En aquél momento volví a
maldecir a anciano que me habló de la Taberna del Lobo.
Sus antorchas deshacían la oscuridad a ráfagas, dejando entrever
entre los árboles las mortecinas figuras de los faunos del bosque, que
miraban y sonreían al espectáculo.
Volví a pisar el arroyo por el que bajaban las manadas de tritones y
salamandras: estaban todos y todas muertas, alcanzadas por el espanto
mitológico que los perseguía cuando las encontré por primera vez, por lo
que resbalé y caí dentro.
La locura se empezó a adueñar de mi subconsciente y empecé a lanzar
alaridos de ayuda, tratando en vano que se fijasen en mí los dioses de
las constelaciones y bajasen en mi ayuda, aunque sabía en mi interior
que no lo harían, pues llevaban milenios muertos.
Noté, caído de bruces sobre el arroyo y los cadáveres de las bestias,
cómo una mano helada se aferraba a mi tobillo, lo que me dió fuerzas
para zafarme de ella y levantarme, trastabillando, y continuar mi ciega
huida hacia mi torre.
...continuará