Los extraños chotacabras nocturnos saludaron mis primeras pisadas en el camino desde la valla de la taberna hasta la puerta. Una lechuza perezosa se enseñoreaba del espacio, ululando lastimeramente. Diríase que llamaban a la tercera Luna de Hyrsis, rogándole que no se ocultase dejando el páramo sumido en una oscuridad ciega e idiota.
Conozco perfectamente la semioscuridad de la tercera Luna. Es la misma sutil, fría y despiadada que aterrorizaba en sus sueños al niño que me dejó.
No puede evitar recordar en esos momentos aquellas escenas, de pequeño, cuando me levantaba por la noche a cruzar el salón de la casa. Siempre echaba un vistazo dentro, a aquella fría habitación de los centenarios sillones de tela, aún sabiendo que me espantaba sólo la idea de ver allí a los antiguos ocupantes de la casa, relajándose cómodamente en ellos. Mirándome, señalándome, susurrando viejos salmos olvidados a las deidades del espanto: A la oscuridad opresiva, a las lenguas de luz mortecina de los faroles de la calle, al miedo.
La imagen de aquellas figuras sentadas, quietas y calladas, observadas desde lo alto por las rancias constelaciones me acompañó hasta la puerta, mientras aquellos mochuelos se empeñaban en anunciar mi llegada a los extraños clientes de la taberna.
Entonces crucé el quicio destartalado que separaba el temible mundo de la noche del más que terrorífico submundo de la Taberna del Lobo.
Los clientes del antro no me miraron al entrar, ni siquiera movieron un músculo para saber quién era el desdichado que osaba cruzar aquella puerta: Estaban muertos, o tal vez me pareció que lo estuviesen. Viejas prostitutas desdentadas acariciaban los espantosos rostros sin nombre, intentando tal vez dar algo de calor a cuerpos que ya no poseían la fortuna de los sentidos.
el viejo tabernero me lanzó su mirada helada, mientras el hedor a sudor corrompido que envolvía el ambiente me asfixiaba, al igual que lo hacía la penumbra de los pocos faroles de aceite que ardían en cada pilar de aquel sitio maldito y condenado.
Había caminado toda la noche para encontrar un sitio fresco y limpio, y había encontrado en su lugar un pudridero malévolo de sensaciones que, aunque conocidas, me parecían extrañamente nuevas: Estaba en la fiesta de los envenenados, de los condenados a sufrir sin alma.
Fue entonces cuando me di cuenta de la poderosa razón que me hacía caminar sin descanso, como aquel Wendigo de los relatos góticos que solía leer en mi torre, en las noches de las eternas brumas.
...continuará

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