Crónica XXVIII. Cantos nocturnos: palabras que te hubiese susurrado aquella noche.
Cuentan las viejas leyendas
que cada cierto tiempo,
justo cuando el planeta
Y'lahh se alinea con las Hyades,
se forman noches con
atmósferas mágicas y especiales,
en las que el deseo de mirar
hacia la lejana y antigua
Cassiopeia es más
fuerte que el sueño.
Noches en las que el
silencio suena más
acompasado que la música de
las esferas.
Cuando una de esas noches
llegue, búscame de nuevo:
estaré en la buhardilla de
la Torre soñando arándanos.
...Igual que hace tanto
tiempo.
Aquella noche mientras la luna creciente se disponía a girar en su bóveda, perezosa y tranquila, alguien llamó a la campana de la puerta de mi Torre de la Luna; o posiblemente fuesen mis alucinaciones de absentha que estaban jugándome una mala pasada, y respondieron a mi deseo de que mi helada campanilla de iridio y ámbar sonase.
No llovía, tal y como lo hizo aquellos oscuros días tiempo atrás, pero la sensación de humedad fue tan firme, que sentí como si aquel mitológico Shar-Wa de-las-cuevas-ígneas que se abren en la ladera estuviese lanzando su aliento a mi espalda.
El breve tintineo me sacó de mi crujiente y confortable mesa de baobab, donde escribía sueños en mi Libro de las Noches Perdidas. Al abrir levemente la puerta divisé aquella negra sombra ya olvidada: era como las lejanas estelas grises que se formaron cuando los planetas Wo y Zah'j chocaron, hace milenios, antes de que la tierra girase.
No se movía, no hablaba, ni siquiera respiraba, y me aterré. Sentí como si unas manos monstruosas revolviesen a conciencia el malvado baúl de las huellas del pasado, produciendo un insoportable ruido astral. Y me quedé mirándola fija, casi orgullosamente, tratando de que mi miedo se convirtiese en agresividad.
Fue entonces cuando aquella negra sombra comenzó a moverse, corriendo por mi campo de secas cryptocorinas. Aún no se si existía, así como tampoco creo que quisiera que existiese: pensé entonces que las huellas del pasado debiesen haberse borrado con las primeras lluvias otoñales, y no seguir altaneramente adornando los fríos peldaños de mi Torre.
Quise susurrarle algo mientras se movía por el jardín de las abejas, pero no lo hice. Lentamente cerré la vieja puerta de roble, y juraría que mientras lo hacía, la sombra clavó sus ojos en mí, tal vez esperando una duda, una palabra, una mirada o un ataque; pero eso no sucedió.
Esta noche, mientras relato el paseo de aquel recuerdo en estas páginas, pienso en que tal vez debí mirar, o tal vez decir algo a aquella muda sombra. Quizás, con las primeras luces de los tres soles de Hyrsys, hubiese tomado color y se hubiese hecho corpórea, y acaso pudiese ser que la hubiese invitado a pasar.
Y habríamos desayunado mis arándanos, bebido mi té de algas del lago, y nos hubiésemos contado las historias que ocurrieron en tanto tiempo como pasó desde aquella lejana noche de tormenta.
Esta noche sí, esta noche ya se las palabras que le hubiera susurrado aquella noche.
Las palabras que te hubiera susurrado aquella noche.
Sólo palabras.





