jueves, 26 de enero de 2017

Crónica XXV. Cantos nocturnos: palabras que te hubiese susurrado aquella noche


Crónica XXVIII. Cantos nocturnos: palabras que te hubiese susurrado aquella noche.

Cuentan las viejas leyendas que cada cierto tiempo,
justo cuando el planeta Y'lahh se alinea con las Hyades,
se forman noches con atmósferas mágicas y especiales,
en las que el deseo de mirar hacia la lejana y antigua
 Cassiopeia es más fuerte que el sueño.

Noches en las que el silencio suena más
acompasado que la música de las esferas.
Cuando una de esas noches llegue, búscame de nuevo:
estaré en la buhardilla de la Torre soñando arándanos.
...Igual que hace tanto tiempo.

Aquella noche mientras la luna creciente se disponía a girar en su bóveda, perezosa y tranquila, alguien llamó a la campana de la puerta de mi Torre de la Luna; o posiblemente fuesen mis alucinaciones de absentha que estaban jugándome una mala pasada, y respondieron a mi deseo de que mi helada campanilla de iridio y ámbar sonase.

No llovía, tal y como lo hizo aquellos oscuros días tiempo atrás, pero la sensación de humedad fue tan firme, que sentí como si aquel mitológico Shar-Wa de-las-cuevas-ígneas que se abren en la ladera estuviese lanzando su aliento a mi espalda.

El breve tintineo me sacó de mi crujiente y confortable mesa de baobab, donde escribía sueños en mi Libro de las Noches Perdidas. Al abrir levemente la puerta divisé aquella negra sombra ya olvidada: era como las lejanas estelas grises que se formaron cuando los planetas Wo y Zah'j chocaron, hace milenios, antes de que la tierra girase.

No se movía, no hablaba, ni siquiera respiraba, y me aterré. Sentí como si unas manos monstruosas revolviesen a conciencia el malvado baúl de las huellas del pasado, produciendo un insoportable ruido astral. Y me quedé mirándola fija, casi orgullosamente, tratando de que mi miedo se convirtiese en agresividad.

Fue entonces cuando aquella negra sombra comenzó a moverse, corriendo por mi campo de secas cryptocorinas. Aún no se si existía, así como tampoco creo que quisiera que existiese: pensé entonces que las huellas del pasado debiesen haberse borrado con las primeras lluvias otoñales, y no seguir altaneramente adornando los fríos peldaños de mi Torre.

Quise susurrarle algo mientras se movía por el jardín de las abejas, pero no lo hice. Lentamente cerré la vieja puerta de roble, y juraría que mientras lo hacía, la sombra clavó sus ojos en mí, tal vez esperando una duda, una palabra, una mirada o un ataque; pero eso no sucedió.

Esta noche, mientras relato el paseo de aquel recuerdo en estas páginas, pienso en que tal vez debí mirar, o tal vez decir algo a aquella muda sombra. Quizás, con las primeras luces de los tres soles de Hyrsys, hubiese tomado color y se hubiese hecho corpórea, y acaso pudiese ser que la hubiese invitado a pasar.

Y habríamos desayunado mis arándanos, bebido mi té de algas del lago, y nos hubiésemos contado las historias que ocurrieron en tanto tiempo como pasó desde aquella lejana noche de tormenta.
Esta noche sí, esta noche ya se las palabras que le hubiera susurrado aquella noche.

Las palabras que te hubiera susurrado aquella noche.

Sólo palabras.

miércoles, 25 de enero de 2017

Crónica XXVI. Sinfonías tontas: Primavera tras la venganza de los dioses


Crónica XXIII. Sinfonías tontas: Primavera tras la venganza de los dioses


Por aquellos dias observé que en la aldea de los seres primordiales de Wa-ü-Tzok, donde el arroyo desciende lentamente los trozo más duros de la nieve de las montañas de Leng limpiando las almas de sus habitantes, a veces los dioses menores que los condenaron apagan con sus soplidos quejumbrosos las farolas de gas wozú, dejando a oscuras las sinuosas calles del barrio de los espectros.

Es entonces cuando llega la hora de caminar en la oscuridad tanteando las paredes, buscando puertas que no se abren por miedo a que en ellas entre y se instale la fría y gris niebla de los páramos: esa densa y hedionda niebla que acaso acabe devorando los recuerdos de sus antepasados, aquellos que viajaban en barco hacia las islas de Kamuth para no volver.

Y es el momento en el que los lobos bicéfalos del páramo helado bajan de sus guaridas de jade a enseñorearse de las almas de los condenados devorándolas una a una, lágrima a lágrima.

Entonces, sin darse cuenta de lo que provoca, un pájaro fantástico de bambú picotea una de las lascas de yesca de la base de la farola más vieja y sombría, que lentamente se vuelve a encender; las libélulas del lago se aproximan poco a poco por las hierbas de su base y revolotean su luminosa cúpula.Al roce con el gas dejan caer su polvo místico en los habitantes que se han ido aproximando buscando la luz dorada.

Es el minuto de luz cuando el gas, excitado, se extiende. Y se enciende otra. Y otra, y otra más: el momento de que los habitantes supervivientes de almas heridas por la oscuridad, reciben su parte de luz y magia, reviviendo lentamente y volviendo a moverse poco a poco.

Es de nuevo la vida, es de nuevo el principio de los tiempos.

martes, 24 de enero de 2017

Crónica XXVII. A mis pintores de almas

Crónica XXVII. A mis pintores de almas


Tengo un alma que vender, ¿alguien la compra?,
dijo el hombre de los huesos congelados,
que llegó a vuestra ciudad aquel invierno
con la carne podrida de pasado.

Hoy después de tanto tiempo de aquel día,
hoy que tengo el corazón recién pintado,
he pensado que os debía esta poesía,
y dar algo del calor que me habeis dado.

A mis pintores de almas, mis amigos del grupo. Os quiero a todos.
Carretera de Jaén, Primavera.

lunes, 23 de enero de 2017

Crónica XXVIII. Cantos nocturnos: A mi efímero perro amigo



Crónica XXVIII. Cantos nocturnos: A mi efímero perro amigo 

Dicen que la Tierra devuelve la bondad a la gente que la esparce por ella
Hoy voy a desear, desde mi Torre, que la Tierra os devuelva todo el bien que habéis repartido por ella, con vuestros posts en las redes sociales.
Las milenarias piedras de la Torre de la Luna están en deuda con vosotros.
Gracias, queridos humanos, muchas gracias

Aquella noche mientras la luna menguante de agosto se disponía a salir, perezosa y tranquila como imitándote, entraste en mi vida: en mi Torre de la Luna.

Con tus feroces lametones, tus temibles zalamerías y tus aterradoras miradas de miel, me fuiste conquistando hasta hacerte un hueco, hasta hacerte el amo y señor de mi Torre.

Han sido dos días intensos desde aquella luna, perro amigo. Dos días en los que has despertado a todos los oscuros y tristes espíritus de la torre, que han salido despavoridos: espero que tarden mucho en volver.

La torre está casi limpia ahora, a base de lametazos de cariño.

Te he dado lo que tenía, que era bien poco: comida, bebida, alojamiento y cariño. Y me has dejado tu amor incondicional que, como si fuese esencia de hadas, perfuma desde anoche cada rincón de mi buhardilla, en la que siempre arde el fuego de Ur.

Gran cambio he hecho, a pesar de las lágrimas que brotaron de este supuesto hombre de hielo que en realidad es de agua: de agua templada.

Gracias perro amigo, muchas gracias por tu visita, y vuelve cuando quieras. Las cryptocorinas de la base de mi Torre, las perlas de rocío de sus escalones, las libélulas del lago que vienen a espolvorear su brillante halo de luz bajo mi lámpara de aceite cuando escribo, te recibirán como te han recibido estos días.

Aunque sepa que eso no volverá a ocurrir, y que como tiene que suceder en la imaginaria vida de mi Libro de las Noches Perdidas, me olvidarás cuando tu amo te lleve a pasear por la hierba de su prado.

Aunque en realidad no quiera que me olvides como tantos sueños que visitaron mi torre que se convirtieron en recuerdos, me olvidarás. Así debe ser, pues ambos tenemos que seguir nuestro camino. Algún día, cuando otro amigo perro se acerque a mi torre, le hablaré de ti, de todo un bebé-perro que me hizo feliz durante dos días.

Y le contaré tus ocurrencias, tus chupeteos, y también tus gemidos cuando te alejabas hacia tu nueva vida. Y le contaré como el niño grande que habita la Torre de la Luna también gimió cuando te alejaste.

No te olvidaré perro amigo. Te lo prometo.

Agosto de 2018. Luna menguante, casi nueva. Como yo.

domingo, 22 de enero de 2017

Crónica XXIX. Cantos nocturnos: Carta a un gato: recordando a Cotola.

Crónica XXIX. Cantos nocturnos: Carta a un gato: recordando a Cotola.

A Cruz López Martín, Cotola, y a todo aquel
al que estas líneas le traigan algún recuerdo


Señor Gato desagradecido y huraño:

Ayer, cuando bajaba al jardín, a la hora en que el rocío helado diluye los lunares negros de las huellas de los niños en las escaleras, sentado encima del brocal del blanco pozo del miedo, te vi.

Estabas escuchando hablar al sabio brachinchinto, el gran árbol de la casa, que te contaba largas historias con su eterna música de hojas, mientras trataba de impedir con sus brazos que el sol secase la tierra parda del jardín, perlada de gotas de diamante.

¡Tonto brachinchinto, que no sabe que hace años que en esa tierra no crece hierba, ni plantas, ni nada!

¡Tonto brachinchinto, que no sabe que, aunque el rocío la riegue tozudamente mañana tras mañana, no hay nadie ya que plante azucenas ni rosas, y que los moscardones negros que se posaban en ellos y me asustaban de niño se fueron para no volver más!

¿Que los gatos no hablan…? ¡Ya lo sé! Pero sé que me miraste, y desde tus ojos de color de higo maduro creí entender una pregunta: ¿Dónde está Cotola? Y yo..., yo no supe qué contestarte.

Cuando te alejabas, saltando sobre la sábana de hiedras, y subiendo por el muro de las fantasías del Tejao de Lalo, estuve a punto de llamarte.

Estuve a punto de invitarte a subir conmigo a cabalgar en el gris caballo de la higuera del pozo, el caballo que tantas veces me llevó al país de los juegos, y contarte que Cotola está allí, en el jardín, pero un poco más arriba de donde alcanzarías con tus ojos.

Quería decirte que, si subíamos sólo un momento con el caballo, la veríamos dándole los restos del pescado dorado que cenan los ángeles, a Misimisi, a Cuponero, a Quevedo, a Filiberto, a Mapi, y a todos tus abuelos, que están allí, y que se pasan la vida subiendo y bajando por los Tejaos de Lalo que hay en las nubes.

¡Qué gatos más malos…! Cómo hacen sufrir a la buena de Cotola, que se pasa la vida espantándolos, para que no se metan en la alacena oscura del corazón y se coman los recuerdos, que en forma de pescado esperan a que alguien los renueve.

¡Qué gatos más malos…! Que no saben cuánto le cuesta a Cotola bajar las escaleras para darles cada día un trozo de su corazón.

Si no te crees lo que te digo, puedes preguntarle a las señoras gallinas, que pacientemente esperaban el cubo azul de desperdicios, después de que los niños comiéramos.

Las señoras gallinas la rodeaban alborozadas, y entre pito, pito, y entre coo, coo, co, daban buena cuenta de los manjares multicolores, mientras Cotola recogía los tristes dos o tres huevos que las muy tacañas le dejaban.

Bueno, seguramente esas gallinas tampoco estén ahora, ¡pero seguro que en los corrales de Llerena encuentras a algunas nietas suyas que te lo podrán decir!

Cuando bajásemos, ya sería la hora de comer. Y te hubiera sacado dos presas de sardinas, incluso algún pellejo de chorizo de ese que sé que te gusta tanto. Seguro que nos hubiéramos sentado en la escalera del jardín, al lado del blanco bolo de las avispas, y hubiéramos almorzado juntos, mientras escuchábamos al tonto del brachinchinto, con su música de hojas, contarnos una de sus aburridas historias de calurosas tardes de verano, gorriones, hormigas, y niños haciendo pasteles de barro.

Y te hubiera contado cosas de Cotola, y cosas del jardín, y cosas de las frescas y oscuras habitaciones del fondo de la casa, que tú no conoces porque nunca te dejan entrar.

¿Dónde está Cotola…? Como no supe que contestarte, me senté en el mojado escalón, mientras miraba cómo subías al Tejao de Lalo y desaparecías por la blanca mañana de Llerena, a visitar a otras Cotolas, y a colarte en sus alacenas a robarles pescado.

Todo esto te lo perdiste, gato huraño y desagradecido… Otro día será.

sábado, 21 de enero de 2017

Crónica XXX. El recuerdo se marchó.

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Crónica XXX. El recuerdo se marchó.


Desperté aquella mañana de ese invierno echando en falta algo que creía tenía, guardado y seguro, en el fondo del baúl de los sueños.

¿Dónde habrá ido? lo doblé y lo guardé con todo mi cariño, por si un día me apetecía dedicar un minuto a soñar y echarlo de menos.

Cuentan las leyendas que los sueños olvidados, los que no vuelven, se refugian en los prados grises de más allá de la aldea de los seres primordiales, y se transforman en aves multicolores que pasan el resto de las noches de su vida chillando a las ranas y chotacabras del lago.

Si tuviera más sueños guardados, dedicaría unos minutos de mi noche estelar a recordarlos, de forma pausada, suavemente.

Y mientras fumo mi pipa de kif y bebo lentamente de mi pequeño vaso de absentha con la esperanza ya perdida de encontrarlo, me despido con una lágrima de él, el-ya-olvidado-sueño que estará tornando, cual crisálida, en ave fantástica del lago.

¡Larga vida te quede, entre el prado y el lago, bajo las tres lunas de Hyrsys, chillando y asustando a las ranas y chotacabras nocturnas!

viernes, 20 de enero de 2017

Crónica XXXI. Frente al gramófono.

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Crónica XXXI. Frente al gramófono.


Aquella tarde, en la tímida frontera que separaba una limpia primavera de un verano aún no escrito, subí de nuevo a mi torre, buscando a un viejo compañero de noches de lobos: mi gramófono.

Después de servirme un generoso vaso de absentha y preparar mi sillón, frente a la ventana desde la que se ve Urano, deposité suavemente el disco de pizarra que contenía la música acuática de Häendel, y que iba a hablar solo en las siguientes horas.


Uno de los pequeños placeres de hacerse mayor es escuchar una pieza musical, casi olvidada y guardada en la caja de cien mil cerrojos que contiene los recuerdos de tiempos pretéritos.

Pensé que sería maravilloso jugar, escuchando una canción ya borrada, a intentar aflorar un sueño escondido en aquella caja. O una vivencia, o una lejana escena que estaba, desesperada y casi imperceptiblemente obstinada en no desaparecer de la memoria, en esa delgada linea que la une con el absoluto olvido.

Fue cuando le dije a mi gramófono: "dame un momento, sólo un momento para intentar recordarte".

Y fue entonces cuando apareció aquella imagen, borrosa y lejana: no quería acercarse, saltó, se fue, giró, voló y volvió... hasta que conseguí cimentarla y disfrutar de una ventana a un tiempo pasado que casi siempre fue hermoso.


Era una noche para recordar mientras apuraba mi absentha, una noche mágica de luciérnagas: una noche ante el gramófono.

jueves, 19 de enero de 2017

Crónica XXXII. Noche de agosto en mi Torre.

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Crónica XXXII. Noche de agosto en mi Torre.

En la buhardilla de mi Torre, con un vaso de absentha en una mano y el pretil en la otra, mientras aspiro el olor a jazmín de este infernal agosto, me asaltan varios pensamientos:

He pensado que, probablemente, me gustaría quedarme cerca de alguien que temblase escuchando Fool's Overture de Supertramp y Wish you were here de Pink Floyd.

Me gustaría que supiese llorar con la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández y la muerte del Principito de Saint Exùpery; que riese leyendo al torpe platero de Juan Ramón saltar entre los cardos de los campos de Moguer, e imaginando correr al conejo de Lewis Carrol para llegar a la Fiesta del Jardín.

Probablemente, también sería excitante que se aterrase con los siniestros perros de Tíndalos de Lovecraft o el Gato Negro de Poe. Sería maravilloso también que supiese adentrarse en los mundos de locura de HG Wells y Phillip K. Dick.

O que detuviese el tiempo y las horas mientras visualizase Inside The Labyrinth de Bowie, el nombre de la Rosa de Eco o el Viaje de Chihiro de Miyakazi.

O que le fascinase intentar resolver, aunque fuese imposible, el enigma del ladrillo de Euler, la hipótesis de Riemann.o la conjetura de Poincaré.

Y sobre todo, que supiese mirar al cielo en una noche de agosto, en busca de escuchar la música de las esferas que prupusieron Ptolomeo y Kepler.

Y soñase con Shangri La de Hilton, con la fábrica de chocolate de Charlie o con el Viaje a la Luna de Verne.

No existen tantos vértices unidos en el poliédrico triacontakaiditeron de mi imaginación, así que apuraré mi casi vacío vaso de absentha. Y probablemente lo llene de nuevo, antes de acurrucarme ante mi chimenea en la que siempre arde el fuego de Ur, no lejos de mi mesa de baobab.

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