domingo, 22 de enero de 2017

Crónica XXIX. Cantos nocturnos: Carta a un gato: recordando a Cotola.

Crónica XXIX. Cantos nocturnos: Carta a un gato: recordando a Cotola.

A Cruz López Martín, Cotola, y a todo aquel
al que estas líneas le traigan algún recuerdo


Señor Gato desagradecido y huraño:

Ayer, cuando bajaba al jardín, a la hora en que el rocío helado diluye los lunares negros de las huellas de los niños en las escaleras, sentado encima del brocal del blanco pozo del miedo, te vi.

Estabas escuchando hablar al sabio brachinchinto, el gran árbol de la casa, que te contaba largas historias con su eterna música de hojas, mientras trataba de impedir con sus brazos que el sol secase la tierra parda del jardín, perlada de gotas de diamante.

¡Tonto brachinchinto, que no sabe que hace años que en esa tierra no crece hierba, ni plantas, ni nada!

¡Tonto brachinchinto, que no sabe que, aunque el rocío la riegue tozudamente mañana tras mañana, no hay nadie ya que plante azucenas ni rosas, y que los moscardones negros que se posaban en ellos y me asustaban de niño se fueron para no volver más!

¿Que los gatos no hablan…? ¡Ya lo sé! Pero sé que me miraste, y desde tus ojos de color de higo maduro creí entender una pregunta: ¿Dónde está Cotola? Y yo..., yo no supe qué contestarte.

Cuando te alejabas, saltando sobre la sábana de hiedras, y subiendo por el muro de las fantasías del Tejao de Lalo, estuve a punto de llamarte.

Estuve a punto de invitarte a subir conmigo a cabalgar en el gris caballo de la higuera del pozo, el caballo que tantas veces me llevó al país de los juegos, y contarte que Cotola está allí, en el jardín, pero un poco más arriba de donde alcanzarías con tus ojos.

Quería decirte que, si subíamos sólo un momento con el caballo, la veríamos dándole los restos del pescado dorado que cenan los ángeles, a Misimisi, a Cuponero, a Quevedo, a Filiberto, a Mapi, y a todos tus abuelos, que están allí, y que se pasan la vida subiendo y bajando por los Tejaos de Lalo que hay en las nubes.

¡Qué gatos más malos…! Cómo hacen sufrir a la buena de Cotola, que se pasa la vida espantándolos, para que no se metan en la alacena oscura del corazón y se coman los recuerdos, que en forma de pescado esperan a que alguien los renueve.

¡Qué gatos más malos…! Que no saben cuánto le cuesta a Cotola bajar las escaleras para darles cada día un trozo de su corazón.

Si no te crees lo que te digo, puedes preguntarle a las señoras gallinas, que pacientemente esperaban el cubo azul de desperdicios, después de que los niños comiéramos.

Las señoras gallinas la rodeaban alborozadas, y entre pito, pito, y entre coo, coo, co, daban buena cuenta de los manjares multicolores, mientras Cotola recogía los tristes dos o tres huevos que las muy tacañas le dejaban.

Bueno, seguramente esas gallinas tampoco estén ahora, ¡pero seguro que en los corrales de Llerena encuentras a algunas nietas suyas que te lo podrán decir!

Cuando bajásemos, ya sería la hora de comer. Y te hubiera sacado dos presas de sardinas, incluso algún pellejo de chorizo de ese que sé que te gusta tanto. Seguro que nos hubiéramos sentado en la escalera del jardín, al lado del blanco bolo de las avispas, y hubiéramos almorzado juntos, mientras escuchábamos al tonto del brachinchinto, con su música de hojas, contarnos una de sus aburridas historias de calurosas tardes de verano, gorriones, hormigas, y niños haciendo pasteles de barro.

Y te hubiera contado cosas de Cotola, y cosas del jardín, y cosas de las frescas y oscuras habitaciones del fondo de la casa, que tú no conoces porque nunca te dejan entrar.

¿Dónde está Cotola…? Como no supe que contestarte, me senté en el mojado escalón, mientras miraba cómo subías al Tejao de Lalo y desaparecías por la blanca mañana de Llerena, a visitar a otras Cotolas, y a colarte en sus alacenas a robarles pescado.

Todo esto te lo perdiste, gato huraño y desagradecido… Otro día será.

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