miércoles, 25 de enero de 2017

Crónica XXVI. Sinfonías tontas: Primavera tras la venganza de los dioses


Crónica XXIII. Sinfonías tontas: Primavera tras la venganza de los dioses


Por aquellos dias observé que en la aldea de los seres primordiales de Wa-ü-Tzok, donde el arroyo desciende lentamente los trozo más duros de la nieve de las montañas de Leng limpiando las almas de sus habitantes, a veces los dioses menores que los condenaron apagan con sus soplidos quejumbrosos las farolas de gas wozú, dejando a oscuras las sinuosas calles del barrio de los espectros.

Es entonces cuando llega la hora de caminar en la oscuridad tanteando las paredes, buscando puertas que no se abren por miedo a que en ellas entre y se instale la fría y gris niebla de los páramos: esa densa y hedionda niebla que acaso acabe devorando los recuerdos de sus antepasados, aquellos que viajaban en barco hacia las islas de Kamuth para no volver.

Y es el momento en el que los lobos bicéfalos del páramo helado bajan de sus guaridas de jade a enseñorearse de las almas de los condenados devorándolas una a una, lágrima a lágrima.

Entonces, sin darse cuenta de lo que provoca, un pájaro fantástico de bambú picotea una de las lascas de yesca de la base de la farola más vieja y sombría, que lentamente se vuelve a encender; las libélulas del lago se aproximan poco a poco por las hierbas de su base y revolotean su luminosa cúpula.Al roce con el gas dejan caer su polvo místico en los habitantes que se han ido aproximando buscando la luz dorada.

Es el minuto de luz cuando el gas, excitado, se extiende. Y se enciende otra. Y otra, y otra más: el momento de que los habitantes supervivientes de almas heridas por la oscuridad, reciben su parte de luz y magia, reviviendo lentamente y volviendo a moverse poco a poco.

Es de nuevo la vida, es de nuevo el principio de los tiempos.

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