Muchas noches de lobos y de extraños seres devoradores de almas. Y mientras tanto, la vida pasaba lentamente sobre mi mesa de baobab. A mi Padre, por todo. A mi primo Kike, por todas las noches de lunas y cervezas que no volverán. A mis tíos y tías, que se fueron yendo uno a uno y una a una, dejándonos tan solos. A mi amigo-hermano Miguel, que estará dibujando caricaturas en otras dimensiones. Salud y largas noches ante mi chimenea en la que siempre arde el fuego de Ur, para los que me visitan.
lunes, 25 de enero de 2016
La taberna del lobo. Primera parte
Aquella noche hacía frío, el gélido y seco frío que baja del alma de la bóveda de estrellas negras que sobrevuelan la Torre de la Luna. Sólo fue la falta de absentha, mi elixir del hada verde, la que siempre guardaba en el armario de los libros prohibidos, la que me empujó a bajar los peldaños de mi torre
Eran aproximadamente sesenta grises peldaños, descendidos suavemente uno a uno, en busca de la vieja Taberna del Lobo.
Supe de su existencia por aquel desconocido anciano, con el que me crucé aquella mañana, en uno de mis largos paseos de rabia y dolor. Los largos, solitarios y pútridos paseos que solía dar en aquella lejana primavera de barro y cieno en la que el mundo pareció haber acabado para mí.
-¿Anhelas mitigar el dolor que te lacera? ¿necesitas huir de los fantasmas del pasado? - me dijo mientras se levantaba de la milenaria piedra del camino. - Busca la escondida Taberna del Lobo, más allá del Pico del Viento Este. Allí encontrarás lo que tanto buscas y no hallas.
No tenía nada que perder, así que salí en pos de aquel extraño lugar citado por mi vetusto amigo. Mientras bajaba la escalera de pizarra creí escuchar un nuevo crujido de mi mesa de baobab, pero no quise hacerle caso: Me llamaba para seducirme, y hacerme continuar escribiendo horrores góticos y despedazadores de almas en el Libro de las Noches Perdidas.
Mientras esquivaba los oscuros charcos que la lluvia de la tarde había dejado tras su paso por el camino, no quería pensar. Sólo necesitaba uno o dos tragos más de absentha, incluso de ron negro o elixir de serpiente aquella noche para poder dormir, y así poder viajar una vez más a los oníricos bosques de gingkos del país del Yann.
Varios sapos de espuelas de un extraño color pardo croaban cantos a los dioses de los árboles, y producían en el caminante una sensación de desasosiego, sólo comparable a las noches en las que la quinta Luna de Dethmos se vuelve roja, a la vez que sangra y vomita demonios desde sus entrañas.
Crucé el arroyo a la altura de mis montañas de la locura, el mismo arroyo que suele bajar, todo cristal y ámbar hasta mi torre, en los tiempos de auras plateadas y sonrisas. La misma lengua de agua de la que nunca supe la razón por la que tornaba de color oscuro y de un cobrizo oxidado a su paso por mi molino, en las oscuras etapas de murciélagos, telarañas y tristeza.
Al sentir su paso por mis pies, sentí un frío sobrecogedor. Al mirar hacia abajo pude ver como descendía por el agua una manada de tritones y salamandras, que supuse huían de algún espanto mitológico que los perseguía hasta la extenuación, aguas abajo.
El paisaje se completó con una pareja de lagartos voladores que extendieron su abanico ante mí, desfiándome groseramente y haciendo que mis temores infantiles volviesen del baúl de los sueños olvidados, para morderme la espina dorsal y hacerme gritar y gritar hasta la extenuación.
Casi sin darme cuenta, apareció ante mí el Pico del Viento Este. Majestuosa construcción de piedras unidas entre sí por musgos pérmicos a modo de cemento verdoso e inquietante.
La segunda Luna de Hyrsis comenzaba a esconderse tras los picos cuando divisé la mortecina luz de aquel farol de carburo: Había llegado a la Taberna del Lobo.
Sus viejas maderas crujieron relajadamente a modo de cruel bienvenida, mientras las contraventanas no paraban de chirriar, enfrentándose a los temidos e impíos vientos del sur que amenazaban con arrancarlas de sus podridos goznes.
...continuará
domingo, 24 de enero de 2016
La taberna del lobo. Segunda parte
Los extraños chotacabras nocturnos saludaron mis primeras pisadas en el camino desde la valla de la taberna hasta la puerta. Una lechuza perezosa se enseñoreaba del espacio, ululando lastimeramente. Diríase que llamaban a la tercera Luna de Hyrsis, rogándole que no se ocultase dejando el páramo sumido en una oscuridad ciega e idiota.
Conozco perfectamente la semioscuridad de la tercera Luna. Es la misma sutil, fría y despiadada que aterrorizaba en sus sueños al niño que me dejó.
No puede evitar recordar en esos momentos aquellas escenas, de pequeño, cuando me levantaba por la noche a cruzar el salón de la casa. Siempre echaba un vistazo dentro, a aquella fría habitación de los centenarios sillones de tela, aún sabiendo que me espantaba sólo la idea de ver allí a los antiguos ocupantes de la casa, relajándose cómodamente en ellos. Mirándome, señalándome, susurrando viejos salmos olvidados a las deidades del espanto: A la oscuridad opresiva, a las lenguas de luz mortecina de los faroles de la calle, al miedo.
La imagen de aquellas figuras sentadas, quietas y calladas, observadas desde lo alto por las rancias constelaciones me acompañó hasta la puerta, mientras aquellos mochuelos se empeñaban en anunciar mi llegada a los extraños clientes de la taberna.
Entonces crucé el quicio destartalado que separaba el temible mundo de la noche del más que terrorífico submundo de la Taberna del Lobo.
Los clientes del antro no me miraron al entrar, ni siquiera movieron un músculo para saber quién era el desdichado que osaba cruzar aquella puerta: Estaban muertos, o tal vez me pareció que lo estuviesen. Viejas prostitutas desdentadas acariciaban los espantosos rostros sin nombre, intentando tal vez dar algo de calor a cuerpos que ya no poseían la fortuna de los sentidos.
el viejo tabernero me lanzó su mirada helada, mientras el hedor a sudor corrompido que envolvía el ambiente me asfixiaba, al igual que lo hacía la penumbra de los pocos faroles de aceite que ardían en cada pilar de aquel sitio maldito y condenado.
Había caminado toda la noche para encontrar un sitio fresco y limpio, y había encontrado en su lugar un pudridero malévolo de sensaciones que, aunque conocidas, me parecían extrañamente nuevas: Estaba en la fiesta de los envenenados, de los condenados a sufrir sin alma.
Fue entonces cuando me di cuenta de la poderosa razón que me hacía caminar sin descanso, como aquel Wendigo de los relatos góticos que solía leer en mi torre, en las noches de las eternas brumas.
...continuará
sábado, 23 de enero de 2016
La taberna del lobo. Tercera parte
Me acerqué a la sucia y crujiente barra para encarar al tabernero. No dije buenas noches, era obvio que no lo eran, o al menos eran todas iguales en aquella especie de antesala del infierno.
Al posar mis manos en la madera resquebrajada, se me quedaron pegadas por el reseco azúcar del ron que se vertía allí cada noche desde tiempos inmemoriales.
Le pedí mi botella de absentha, mi deseado licor del hada verde. Me dedicó entonces una mirada que se me antojó como si todos los buitres carroñeros, los que limpian cada noche el cementerio de los sueños, hubiesen despertado a la vez y me estuviesen mirando con cientos de ojos sedientos de sangre.
Le dejé dos billetes encima de la mesa, que recogió con un gruñido, soltando la botella con tal desgana, que hizo crujir siniestramente la barra. Al devolverme el cambio, tres o cuatro monedas, los clientes se sobresaltaron al tintineo casi musical de las mismas, y en un momento tuve a todas las miradas, clientes, viejas putas, muertos vivientes y tabernero, pendientes de mi.
Allí estaba el viejo Perks, arruinado en el juego, cuya esposa se marchase años ha con un salteador de caminos; el amigo Chomsley, calvo y sudoroso prestamista del valle de Thiay, el mismo que arruinó a todo el pueblo cuando, en la última sequía, sus habitantes acudieron en busca de su interesada y despiadada ayuda.
También creí reconocer a Laszlo, el ventajista de la guerra, el que quemó la bolsa del trigo para poder vender sus espigas secas del año anterior en la etapa del hambre a los gentiles habitantes de Mistra, y a Fatty Hans, el viejo y gordo sacristán de la parroquia de los ganados, que vendió todas las obras de arte para saldar viejas deudas de juego con los diablos del pantano.
Almas derrotadas, condenadas y errantes, que babeaban entre los pechos de las viejas y desdentadas putas, mirando las tres o cuatro sucias monedas que el tabernero había lanzado en la barra.
Pero había más, desconocidos seres de los inframundos, tal vez provinientes de los barrios portuarios de S'hond, la ciudad en la que desemboca el rio principal que nace en las entrañas de las montañas de la locura.
Entonces decidí salir como había entrado, silenciosamente y sin despedirme, y dejando allí las monedas objeto de deseo de aquellas bestias sin nombre.Pero en ese momento, algunos clientes se levantaron empujando las mesas y tirando las copas de licor al suelo. Cada una de ellas dejó una huella ocre y sanguinolenta en el suelo desnudo de madera. Sentí que me miraban, que miraban mi botella oval. Fue entonces cuando me aferré a la botella y apreté el paso.
Sentí entonces como si las huestes de los demonios del infierno de Dante se hubiesen levantado en tropel, para perseguir mi alma angustiada y aterrada hasta envolverla y devorarla sin ningún tipo de piedad.
Emprendí entonces la carrera hacia el pico del Viento Este por el que había venido, perseguido por una jauría impenitente de demonios, desalmados, ventajistas, tahúres y horrores indescriptibles. Tropezaban, caían, se levantaban, blasfemaban, pero no cejaban en el empeño de atraparme, comerse mis recuerdos y mi corazón, y robarme mi único tesoro en aquel momento.
Aferrado a ella corrí, con toda la desesperación de un cervatillo perseguido por una partida de caza con perros. En aquél momento volví a maldecir a anciano que me habló de la Taberna del Lobo.
Sus antorchas deshacían la oscuridad a ráfagas, dejando entrever entre los árboles las mortecinas figuras de los faunos del bosque, que miraban y sonreían al espectáculo.
Volví a pisar el arroyo por el que bajaban las manadas de tritones y salamandras: estaban todos y todas muertas, alcanzadas por el espanto mitológico que los perseguía cuando las encontré por primera vez, por lo que resbalé y caí dentro.
La locura se empezó a adueñar de mi subconsciente y empecé a lanzar alaridos de ayuda, tratando en vano que se fijasen en mí los dioses de las constelaciones y bajasen en mi ayuda, aunque sabía en mi interior que no lo harían, pues llevaban milenios muertos.
Noté, caído de bruces sobre el arroyo y los cadáveres de las bestias, cómo una mano helada se aferraba a mi tobillo, lo que me dió fuerzas para zafarme de ella y levantarme, trastabillando, y continuar mi ciega huida hacia mi torre.
...continuará
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