Crónica VII. El Loco.
Aquella noche decidí irme a la orilla del Guadalquivir, a tirar piedras a las estrellas, mientras aspiraba el olor de salvia y jazmín del fugaz final de verano.
Aquella noche decidí irme a la orilla del Guadalquivir, a tirar piedras a las estrellas, mientras aspiraba el olor de salvia y jazmín del fugaz final de verano.
De pequeño siempre me
contaban que hubo alguien que, en una noche como aquella, acertó a darle a una.
Y también cuentan que
los trozos brillantes empezaron a caer sobre el río, iluminando a partes
iguales a su alma y a la ciudad.
Nunca escuché que
nadie más fuese capaz de aquello, así que me puse a la labor: una, dos, tres,
todas iban volviendo al agua desde la negra bóveda.
Era un sueño muy
difícil de alcanzar. Tan difícil que ahora me encuentro en esta oscura
habitación, en la que reina un penetrante olor a detergente, y sin estrellas a
las que apuntar.
Ahora, no puedo
lanzar más piedras: Estoy extrañamente vestido con una camisa blanca que no me
permite mover los brazos, la misma que me pusieron aquellos enfermeros que
gritaban y me hacían daño.
Estoy en un sanatorio
mental. Los asesinos de sueños lo han vuelto a hacer. Malditos sean.
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