A mis pintores de almas, mis amigos
Tengo un alma que vender, ¿alguien la compra?,
dijo el hombre de los huesos congelados,
que llegó a vuestra ciudad aquel invierno
con la carne podrida de pasado.
Crónica VI. Viaje a ninguna parte.
Y mi barco partió.
Y mi barco partió.
Y era un cascarón oscuro e inquieto, en busca de los alisios que de una forma u otra, tendrían que llevarme a la soñada Itaca.
Entonces
miré hacia atrás un instante, sólo el tiempo de soltar amarras. Y fue
sólo en ese momento cuando alcancé a comprender que jamás había dejado
de navegar, por mucho que creyese que había permanecido en tierra
aquellos años.
Porque
el atraque en aquel puerto fue efímero, por más que me empeñé días
atrás en pensar que mis zapatos se habían secado al sol en su playa,
dulcemente y con lentitud.
Volví a encomendarme a los dioses menores del mar,
pidiéndoles que no me abandonasen en mi nueva singladura, aún sabiendo
que tal vez llevasen miles de años muertos, incluso que, con casi toda
seguridad, nunca existieron.
Pero
aquella noche los necesitaba; por eso les imploré gritando a través de
los marchitos pliegues de mi corazón, desde lo más alto del sombrío
trinquete, que no me abandonasen a mi suerte.
Tenía
frío, y tenía miedo. La noche avanzaba en el horizonte como lo hizo
aquel día, antes de la última tormenta boreal que se llevó mis ajados
recuerdos de las auroras del sur.
La niebla era cada vez más espesa, crecía y envolvía todo con un aura grisácea y cruel, como si quisiese enseñorearse de los despojos de las almas que habitaban ya casi dentro de mi cascarón... las auras de aquellos demonios que me acompañaban, aullando y riendo grotescamente desde ambos flancos de la nave.
Fue entonces entonces cuando escuché aquellas voces, parecidas a la de las sirenas hijas del dios-río Aquelaos, que bramaban en la locura de la noche de los cadáveres de los Atlantes. Voces que me decían sin piedad y con una inmensa energía:
“¡Navega!, ¡sigue navegando!. Llegarás, sabes que llegarás... pero sólo lo sabrás cuando atraques en el puerto".
¡¡¡Adiós, islas de Kamuth!!!
Sé que jamás volveré a este país; y sé también no me llevaré más que lo
que antes os relaté: mis zapatos aún mojados del viaje anterior, los
mismos con los que un día ya lejano, arribé a vuestras costas.
¿Conseguiré algún día quedarme en algún puerto como el que soñaba en mis alucinaciones de absentha y kif, al menos el tiempo suficiente para que la brisa de la mañana seque la piel herida y arrugada de un viejo navegante?
No lo se, pero no es eso lo que me importa ahora. Lo único que intento es guarecerme de la niebla, hacer que los demonios aulladores que me acechan desde la popa se marchen, intentar que no borren mis recuerdos. Conseguir que no se coman mi alma.
¡¡¡Vamos, velero mío!!! ¡¡¡Itaca está cerca!!! ... o no.
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