martes, 22 de enero de 2019

Crónica VI. Viaje a ninguna parte.

A mis pintores de almas, mis amigos

Tengo un alma que vender, ¿alguien la compra?,
dijo el hombre de los huesos congelados,
que llegó a vuestra ciudad aquel invierno
con la carne podrida de pasado.
Crónica VI. Viaje a ninguna parte. 

Y mi barco partió.

Y era un cascarón oscuro e inquieto, en busca de los alisios que de una forma u otra, tendrían que llevarme a la soñada Itaca.
Entonces miré hacia atrás un instante, sólo el tiempo de soltar amarras. Y fue sólo en ese momento cuando alcancé a comprender que jamás había dejado de navegar, por mucho que creyese que había permanecido en tierra aquellos años.
Porque el atraque en aquel puerto fue efímero, por más que me empeñé días atrás en pensar que mis zapatos se habían secado al sol en su playa, dulcemente y con lentitud.
Volví a encomendarme a los dioses menores del mar, pidiéndoles que no me abandonasen en mi nueva singladura, aún sabiendo que tal vez llevasen miles de años muertos, incluso que, con casi toda seguridad, nunca existieron.
Pero aquella noche los necesitaba; por eso les imploré gritando a través de los marchitos pliegues de mi corazón, desde lo más alto del sombrío trinquete, que no me abandonasen a mi suerte.
Tenía frío, y tenía miedo. La noche avanzaba en el horizonte como lo hizo aquel día, antes de la última tormenta boreal que se llevó mis ajados recuerdos de las auroras del sur.
La niebla era cada vez más espesa, crecía y envolvía todo con un aura grisácea y cruel, como si quisiese enseñorearse de los despojos de las almas que habitaban ya casi dentro de mi cascarón... las auras de aquellos demonios que me acompañaban, aullando y riendo grotescamente desde ambos flancos de la nave.
Fue entonces entonces cuando escuché aquellas voces, parecidas a la de las sirenas hijas del dios-río Aquelaos, que bramaban en la locura de la noche de los cadáveres de los Atlantes. Voces que me decían sin piedad y con una inmensa energía:
“¡Navega!, ¡sigue navegando!. Llegarás, sabes que llegarás... pero sólo lo sabrás cuando atraques en el puerto".
¡¡¡Adiós, islas de Kamuth!!! Sé que jamás volveré a este país; y sé también no me llevaré más que lo que antes os relaté: mis zapatos aún mojados del viaje anterior, los mismos con los que un día ya lejano, arribé a vuestras costas.
¿Conseguiré algún día quedarme en algún puerto como el que soñaba en mis alucinaciones de absentha y kif, al menos el tiempo suficiente para que la brisa de la mañana seque la piel herida y arrugada de un viejo navegante?
No lo se, pero no es eso lo que me importa ahora. Lo único que intento es guarecerme de la niebla, hacer que los demonios aulladores que me acechan desde la popa se marchen, intentar que no borren mis recuerdos. Conseguir que no se coman mi alma.
¡¡¡Vamos, velero mío!!! ¡¡¡Itaca está cerca!!! ... o no.

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