sábado, 26 de enero de 2019

Crónica II. El encuentro con la Torre de La Luna.

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Crónica II. El encuentro con la Torre de La Luna.

Y así llegué a encontrar mi torre, en los páramos que nunca existieron, bajo las montañas de Mu.

Vieja torre construida de sueños y de miedos, enfoscada con yeso amasado con lágrimas de miel, y coronada por la buhardilla a la que las luciérnagas del lago acuden a saciar su sed de luz.

Desde entonces escribo allí arriba, en las noches en las que el viento helado de Prischya adorna los árboles de su base de piedra.

¿Sabes amiga, que tengo una torre, más allá de donde tus ojos podrían alcanzar a mirar?. Es la Torre de la Luna.

¿Sabes amiga que, en lo alto de mi torre, y en las noches en que extraños cometas sobrevuelan el cielo multicolor de la aurora boreal, escribo poesías en blancos papeles hechos de pasta de gingko?

Luego rompo esos papeles en mil pedazos, y los arrojo con fuerza para que se alejen. Me gusta verlos caer como mariposas nocturnas que revoloteando, siguen la senda de los remolinos de sueños olvidados que los empujan torre abajo ... lágrima abajo.

Después caen al suelo, frío y duro, como el alma del dios menor que nos condenó. Parece que gritasen cuando lo tocan, llorando por las letras hermanas que en mil trozos más, y separadas como corazones de antiguos amantes, alfombran la base de mi torre... mi alta y fría Torre de la Luna.

Allí se quedarán hasta que un día baje a recogerlos, cuando la tristeza que esta noche me arrulla inicie un nuevo viaje, para enseñorearse de algún otro alma gris que vagabundee por aquellos caminos que veo desde aquí.

Entonces recolectaré sueños y llantos, porfías y miedos, divididos en tantos trozos como añicos tiene esta noche mi corazón.

Y renaceré esa noche.

Y volveré a subir a sentarme en la buhardilla de mi torre.

Y escribiré de nuevo, dando vueltas a otra historia repetida, la historia de los errantes y de los condenados, que en aquella ocasión no pude terminar... y que esta vez, como tantas otras, no pude terminar porque apareciste tú.

¿Piensas quedarte conmigo para siempre? Ojalá que sí.

Pero sólo se quedó un tiempo. El tiempo justo para que …

La historia repetida e interminable.

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