Muchas noches de lobos y de extraños seres devoradores de almas. Y mientras tanto, la vida pasaba lentamente sobre mi mesa de baobab. A mi Padre, por todo. A mi primo Kike, por todas las noches de lunas y cervezas que no volverán. A mis tíos y tías, que se fueron yendo uno a uno y una a una, dejándonos tan solos. A mi amigo-hermano Miguel, que estará dibujando caricaturas en otras dimensiones. Salud y largas noches ante mi chimenea en la que siempre arde el fuego de Ur, para los que me visitan.
domingo, 20 de enero de 2019
Crónica VIII. Tímida Primavera.
Crónica VIII. Tímida Primavera.
Érase un frío final de invierno en mi biblioteca congelada de los libros que nunca existieron.
Érase una torre de perfil afilado situada en el vasto bosque, al que siempre protege la niebla que desciende, majestuosa y temible, desde lo más alto de las montañas de la locura: La Torre de la Luna.
Érase también un impulso de caminar hacia las altas montañas de aquel país sin nombre, sin sueños y sin lágrimas ni sonrisas.
Y érase también una poderosa razón para caminar sin descanso, como aquel Wendigo de los relatos góticos de Lovecraft.
Érase después de todo aquello el comienzo de otra crónica, de otra incierta etapa, en la que decidí dejar de caminar, al menos un tiempo: He resuelto quedarme en la base de la torre, en los verdes llanos que alumbra la cuarta luna de Hyrsis, mientras la arropan Rasalhague y Vega.
Los campos de sandías están verdes aún, y sólo unas tímidas lenguas de agua se dejan ver, deslizándose sobre el hielo del arroyo de los sueños. Es por eso que mi molino no se mueve aún lo suficiente como para terminar de triturar los recuerdos tenebrosos, trágicos y oscuros del último invierno.
...Pero se mueve. Y por eso he decidido quedarme aquí. No quiero emprender más viajes a las montañas de la locura, al menos hasta que las cryptocorinas del jardín no florezcan y perlen de perfume de jade el aire. Los dioses menores que me reclaman desde los tres picos de Lwärgh, mientras Sirio y Betelgeuse aúllan en la noche estelar, no sabrán de mí hasta entonces.
Mi mesa de baobab permanece callada desde el último hundimiento de las rocas de la ladera, mientras espera que vuelva a subir a mi vieja Torre de la Luna, para retomar otro capítulo del ahora dormido Libro de Las Noches Perdidas.
No quiero hacerlo desde allí, no quiero subir ahora. Prefiero, tal vez, volver a escribir en las hojas de mi passiflora, no lejos del molino, mientras me alimento de sus frutas de la pasión.
No tengo aún las fuerzas que, en otro tiempo, me llevaban a perseguir hadas en el pantano de los nenúfares y las elodeas, así como tampoco me faltan como para volver a bajar al inframundo a recolectar beleños blancos, las flores de la muerte.
Sentado en la piedra del olvido, he notado que vuelvo a sonreir a las ninfas aladas, y que vuelven a hacerme cosquillas en el alma cuando descienden, entre luces boreales, los restos del perdido cometa Kohoutek.Tiempo de espera, tiempo de esperanza, y tiempo de espíritus blancos. Habrá tiempo para todo lo demás.
Otra tímida Primavera que vuelve, distintos olores y distintas sensaciones, mientras Sirio me guiña dándome la bienvenida.
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