viernes, 26 de mayo de 2017

Crónica XI, Interludio II. Sinfonías Tontas: Algún día será para ella

Crónica XI, Interludio II. Sinfonías Tontas: Algún día será para ella (declaración de amor a un Hada).

Mi sueño es de papel,
de lluvia y nieve,
de tangos de Gardel,
de brisa leve.

Sus ojos son efluvios
de calma y viento,
de tardes de diluvio,
de llanto lento.

Cabellos como plumas
que escriben solas
entre el agua y la espuma,
versos de olas.

Su risa me estremece,
bajo la Luna.
Y ojalá se meciese
en mi misma cuna.

Nunca existió esa mujer
pero es tan bella,
que ojalá cuando exista...
sea como ella

jueves, 25 de mayo de 2017

Crónica XII. Aquel Invierno.


Crónica XII. Aquel Invierno.
 
Aquel invierno fue tan duro como su corazón.

Tan pétreo como su mirada en aquella puerta.

Tan solitario como aquel pasillo por el que se fue.

Tan amargo como sus ultimas palabras en aquel oscuro ascensor.

Tan helado...que me heló el alma.

Y todavía cuentan que en las noches de invierno, las mas duras, pétras, solitarias, amargas y heladas,  el alma de un condenado vaga por aquel maldito bosque de cemento

Mirando a todas las puertas.

Arrastrándose por aquellos pasillos.

Intentando escuchar algun susurro en la oscuridad.

Abriendo las puertas de todos los ascensores... buscando... y maldiciendo en silencio.

martes, 9 de mayo de 2017

Crónica XIII. Primavera, al fin.

Crónica XIII. Primavera, al fin.


Hotel, triste hotel
Hogar, dulce hogar
Estatuas de sal
Habitación con vistas a tu piel
      (Joaquín Sabina modified)

Porque no siempre escribimos aquellos poemas malditos, olvidados y oscuros
los de aquellas noches en las que sangran las nubes, y no para de llover.

Porque no todas las noches son noches de lobos, trasgos y gizmos devoradores de almas errantes.

Porque siempre hay algunas en las que Plutón amanece recién pintado.

Porque estoy en mi casa, y me siento bien mirando por el balcón, sonriendo a las hadas que revolotean por las farolas.

Jaén, Primavera al fin

miércoles, 3 de mayo de 2017

Crónica XIV. La cita con Ella.


Crónica XIV. La cita con Ella.


Hay lugares encantados detrás de las sombras de los tejados de la vieja y cansada ciudad, que ni los gatos más oscuros y canallas del lugar conocen.


Cuando comiencen a brillar las primeras luces de neón de la ciudad, te llevaré conmigo allí.

Sortearemos saltando todas las chimeneas de la manzana en la que tengo mi torre, la misma desde la que aquella lluviosa noche te vi pasar, no lejos de la ventana de mi buhardilla.


Te enseñaré una sombría mansarda que conozco, donde se ocultan los sueños, antes incluso de refugiarse en las mentes de los que duermen. Y podrás escuchar la música del agua cayendo por las extrañas gárgolas de zinc de la antigua iglesia.


Y mientras, sé que Arturo y Vega nos observarán fijamente, sonriendo entre ellas, dando vueltas y vueltas a la bóveda estelar que nos acompañará hasta el amanecer.


Cuando volvamos, será casi de día. Bajaremos por la vieja escalera de incendios de la fábrica abandonada; mientras, los primeros rayos de sol jugarán con las gotas de rocío, que a esa hora habrán preñado de perlas el musgo de los canalones.


¿Te gustaría venir conmigo?

lunes, 1 de mayo de 2017

Crónica XV. La vuelta.


Crónica XV. La vuelta.

Tal vez fue el sonido del arroyo de las almas inquietas el que me llamó en aquel crepúsculo escarlata, o tal vez no.

Y tal vez sea hoy el recuerdo de aquel oscuro sueńo durante el que, merodeando entre Arturo y Vega, una estrella fugaz me desveló.

O tal vez no.

¿Qué más da ya? El caso es que aquella noche bajé; aquella luz me hizo descender uno a uno los escalones de mi Torre, en pos de aquel fugaz rayo de luna; pensaba que yendo tras él, recorrería senderos nunca hollados por los seres del poblado primordial.

Pero casi súbitamente, con la misma rapidez con la que las genistras se enseñorean de las praderas donde yacen los cadáveres de las batallas, aquel rayo se tornó oscuridad.

El regreso es lento, tan lento que puedo ver cómo languidecen las ulmarias y los polyanthus, más allá de la Garganta del Rayo, mientras retorno a la Torre de la Luna.

Pronto volveré a estar a solas con aquel laúd de gingko, rasgando sus cuerdas con mi plectro, y extrayendo uno a uno los gemidos de los dioses de las bóvedas nocturnas.

Pero mientras, y surcando el sendero tortuoso que desciende desde las montañas de Ur, voy describiendo y escribiendo de nuevo acerca de las oscuras noches de los Atlantes, arañando mis ideas en las hojas de palma que crecen en la orilla del riachuelo helado.

Cuando llegue a mi Torre ya estará amaneciendo, y los dos soles de Lyra estarán ya bailando entre las montañas de la locura. Entonces descorcharé una botella de absentha, aquella que compré en la taberna del Lobo años atrás. Y volveré a escribir en el libro de las Noches Perdidas otra historia más.

Otro rasguño en la mesa de baobab, la misma que cruje lastimeramente cuando me siento junto a ella, siempre que vuelvo cansado de un viaje casi estelar.

Es el fin de otro viaje. Es hora de no luchar y acurrucarse en la hoguera, esperando que los huesos helados vuelvan a sentir una nueva y tardía primavera: es de nuevo el principio de los tiempos.

Sea.

domingo, 30 de abril de 2017

Crónica XVI, Interludio III: Versos góticos.


Algunos relatos de "Horror gótico"
Crónica XVI, Interludio III: Versos góticos.

Soy el alma del horror de tu destino,
el que vaga por tus venas sin salida,
el que pierde a los que buscan un camino,
el que arańa el corazón abriendo heridas.

Soy el negro moscardón de los pantanos,
el que vive en la mirada de los muertos,
el mal sueńo que sentiste tan cercano,
que creíste sin dudarlo que era cierto.

Soy el verso del espanto y del misterio
el que abrasa tus claveles en verano;
soy la sombra del ciprés del cementerio,
soy las notas de tu réquiem al piano.

viernes, 28 de abril de 2017

Crónica XVII. Subiendo de nuevo.


Crónica XVII. Subiendo de nuevo.


Aquella noche volví a sentarme en la buhardilla que corona la Torre de la Luna, donde el cielo y la tierra se hacen guiños ¿te acuerdas?

El hombre del tiempo ya dijo que Júpiter iba a amanecer nublado, y así fue: Una extraña niebla se pegó a la superficie del planeta de los sueños esa mañana, así que esperé al anochecer para enfilar la escalera de caracol de pesados escalones, tratando de no resbalar con las gotas de llovizna de lágrimas de hielo que los perlaba.

Entonces descubrí que hacía meses que no subía a la torre de los condenados y de los errantes: mi oscuro y fresco rincón de los sueños de maíz.

Al encender la luz encontré un panorama algo desolador, pero cómodo. Dos libélulas del pantano, molestas por aquellos rayos dorados que las deslumbraban, revolotearon la lámpara. Y el revoloteo hizo que sembraran del polvo de hadas de sus alas mi vieja mesa de madera de baobab.

Excelente panorama para retomar la escritura del libro de las noches perdidas. El libro de los recuerdos oscuros que, en las noches en las que los lobos primordiales de Urano aúllan, se llena de manchas de soledad y de lágrimas negras de hastío y desesperanza.

Era una noche de lobos en la Torre de la Luna. Vaya, ¡ojalá se marchasen!. ¡Ojalá que a medianoche volviesen al camino, a la búsqueda de algún alma que devorar, y me dejasen seguir escribiendo en paz!.¡Horribles lobos devoradores de recuerdos!

Porque esa noche necesitaba escribir historias. Historias de mares grises y noches de diluvios en las que los dioses menores de mis antepasados se lamentasen con rabia por sus reinos perdidos en la inmensidad del espacio.

Malditas noches. Malditos días. Júpiter no amanecerá recién pintado mañana. Pasado ... será otra historia

sábado, 1 de abril de 2017

Crónica XVIII.. El día que encontré al poeta



Crónica XVIII. El día que encontré al Poeta
 
Aquella mañana me levanté temprano. Me dolían los huesos y mi mente ordenaba al resto del cuerpo darme señales continuas de alarma.

No, la mezcla de absenta y ron de la noche anterior no fué especialmente sabia. Tuve espantosas pesadillas de celdas y mazmorras que aprisionaban las ánimas de los condenados.

Miré fugazmente al libro de las noches perdidas y no encontré nada nuevo en él, así que tomé aquella noche como también perdida para siempre y bajé de mi torre a caminar.

Pero aquella alborada no iba a ser inútil: Cuando los búhos del lago se empezaban a guarecer en los huecos sombríos de los robles, pausada y cansinamente, apareció a lo lejos el poeta.

Su figura se fue haciendo más y más grande a medida que se acercaba a mi torre. Tras desearme buenos días, y con una mezcla entre dulzura y melancolía me pidió agua fresca del molino, a lo que prestamente accedí.

Mientras llenaba el tazón en la plata cristalina que volaba desde lo alto de las palas, se sentó en la piedra que corona la colina y empezó a contarme lo que os voy a describir:

"¿Pues qué somos los poetas, sino dulces mentirosos, que en nuestro disparatado camino, perseguimos sombras de luz de luna, mientras vamos desparramando trozos de alma ajados y divididos, a través de las montañas de la locura?

Un día, cualquier día, detenemos nuestra marcha y nos damos cuenta de que, en algún lugar de nuestro incierto camino, perdimos nuestras sandalias. Entonces sentimos que tenemos los pies ardiendo.

Y decidimos sentarnos en una piedra como la que me ofreciste, y comenzar a reconstruir la bóveda salada que un día contuvo nuestro corazón.

Pero cuando llega ese oscuro día ya es tarde. Tarde para otra cosa que no sea descoser nuestro pecho a base de puntadas de lápiz y punzón, vaciarlo de anhelos amarilleados por el tiempo y volverlos a coser dulcemente, mientras derramamos una lágrima de dolor.

Mientras cicatrizan las puntadas, pasamos el tiempo esperando sin esperanza que, en ese hueco, vuelvan a germinar aquellos sueños que huyeron en las noches de verano en las que la vida era aún futuro incierto y no lejano pasado de recuerdos.
Y esa larga espera es el resto de nuestras vidas."

En aquel momento se levantó y sin mirarme, me entregó su punzón, el punzón de las soledades, el mismo que desde entonces uso para aprisionar las hojas de este libro, que duermen el sueño de la locura mientras esperan a alguien que las pase una a una, que las acaricie una a una...

Y entonces se fue. Mientras se alejaba, ya con el sol en lo más alto, pensé seguirle en su camino, tal fue la fascinación que ejerció en mí...

Pero no lo hice. Mi mata de hinojos aún seguía esperando que volviese a regarla, y me quedé con ella a su sombra. ¡Quién sabe si no debí caminar a su espalda, para pasar el resto de mi vida intentando comprender el sonido de las hojas de los bosques que sin duda atravesaría!.

Adiós efímero amigo... que la vida te vuelva a sonreír allá donde vayas. Desde aquí lo desearé cada mañana, a la hora en que las gotas de rocío diluyen las huellas de los lobos en el camino.

Regresa cuando quieras. Te he dejado el tazón lleno encima del brocal. Y ahí se quedará hasta que vuelvas, para contarme otra de tus historias de veranos perdidos y caminares, pausados y cansinos, tras la música de las hojas.

jueves, 30 de marzo de 2017

Crónica XIX. Cantos nocturnos: No quiero enfadarme contigo.

Crónica XIX. Cantos nocturnos: No quiero enfadarme contigo.

No quiero enfadarme contigo.

De hecho sólo te llamé
desde un viejo teléfono
que hace años dejó de funcionar,
para desearte una larga noche en vela.


Sí, es a tí, al tipo que nunca quise ser
y que me mira detrás del espejo.


Para invitarte a una cena fría,
brindando con soledad
y oliendo a lluvia,
para dar después un paseo
hipocondríaco y canalla,
bajo la gélida mirada
de las estrellas de neón
que lucen en tu calle del hastío.


Te llamé porque creía
que deberías oir esto:
cada lágrima debería morir
en la orilla de los ojos
que la dejaron caer.


Pero tu teléfono comunicaba.
 

Te llamaré mañana. O tal vez no.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Crónica XX. Sólo un triste animal

Crónica XX.  Sólo un triste animal.
Era una fría madrugada, casi al final de aquel dulce fin de verano en el Valle de los sueños.

Noté los huesos fríos al despertar agitadamente, igual que los sentí cuando volvía de mi último viaje a la Constelación de Eridanus, y comoquiera que ya hacía algo de frío y la noche anterior había olvidado recoger leña de palisandro para mi chimenea, decidí visitar la Torre de la Luna.

No era tiempo de tormentas detrás de las Montañas de la Locura, ni se divisaban nimbos amenazadores más allá de la Garganta del Rayo; no, decididamente no era tiempo de subir, pero el extraño frío que lamía mi piel me hizo al fin volver a ascender lentamente, uno a uno, sus escalones.

Al abrir la puerta y encender la lámpara de gas sentí la humedad del abandono, tanto era el tiempo que hacía desde la última vez. Como no podía ser de otra forma, mi viejo libro, en el en que tiempos remotos escribía con lágrimas de jade, permanecía en su lugar bien sujeto al punzón del poeta, callado y expectante.

No había rastro de Paz, el hada nocturna que me acunaba cada noche, ¡ah! en aquellos días felices y lejanos de aquel otoño de mango y fresas; otoño aquel en que sonreía a la vida mientras ésta me hacía cosquillas en la espalda, a la luz de las tres Lunas de Lyra que se mecen en los veranos.


Mi pétrea alma, que ya volaba sobre los cirros que se hallan más allá de Arturo y Vega, pensaba que posiblemente ya no la necesitaba.

Entonces comprendí, orgullosamente, que me había endurecido: no escribía en mi libro desde mucho antes del otoño anterior. Me sentía fuerte y seco, como los espíritus de los guerreros a los que, al amanecer, oigo limpiar sus armas en la aldea de más allá del luminoso Lago de Mesk. O eso pensaba hasta entonces.

No hice caso al crujido lastimero de mi vieja mesa de baobab; ni siquiera me paré ante las dos libélulas del lago que habían entrado atraídas por la luz y se hallaban circunvalando la lámpara de gas, extendiendo su polvo de hadas de sus alas por la vieja habitación.

Frente al viejo gramófono busqué el trágico Adagio para Cuerdas de Barber y me dispuse a sentarme a escuchar, entre los compases del mismo, la respiración de los espíritus del antiguo molino, que subían y bajaban entre la música acuática.

Me dirigía al otro lado de la sala evitando sentarme ante el abandonado Libro de las Noches Perdidas, pues me había jurado que pasarían eras hasta que tuviese que retomar su escritura, cuando algo estremecedor sorprendió a mi vista, en la pared sur de la torre.

Se movía y se estiraba a través de aquella ventana, y me miraba pendencieramente desde sus ojos de jade. Era una bestia magnífica, altanera y con cierto aire de suficiencia. Parecía sabia, dura, envejecida y milenaria.

Cuando, de forma automática e hipnótica me acerqué al animal, éste retrocedió nerviosamente; bestia precavida, desconfiada y lejana, que erizó el pelo de su lomo a modo de advertencia de que no me aproximase más.

Sólo fue entonces cuando advertí que estaba herida. No demostraba debilidad alguna, pero su alma cojeaba de las patas traseras, exhalando unos imperceptibles gemidos de dolor que recordaban a las viejas tormentas que se forman en invierno en las aterradoras Montañas de Urano.


Por un lado noté que quería que me acercase a pasar mi mano sobre su lomo; por el otro me miraba con cara desafiante, orgullosa y casi estremecedora. Cuando me senté a su lado todo cambió: sus puntiagudas orejas cayeron, como se marchitan y caen las cryptocorinas del valle del Zhú cuando empieza a caer la noche del viento austral.

Entonces puse mi mano en su cabeza, y tembló: titiló, como los lejanos y ancestrales soles de Mythre cuando hice resbalar mi dedo índice por su entrecejo. Hubiera jurado que soñaba soles en su cama de maíz, y agradecía ronroneando las caricias que el viejo aprendiz de poeta le ofrecía.

Pero fue entonces cuando llegó el bramido. Ronco, ruidoso y espectral, como las sombras de tempestad que rozaban mi barco de hojas de palma en la noche de su hundimiento.

Me quedé petrificado, como si una mano helada se hubiese posado sobre mi espalda. Cuando logré retroceder, vi por última vez a la bestia: enfadada, agresiva, sorda y ciega. No quiso más afecto que las dos pobres palmadas, pues su herida se abrió de nuevo, erizando aún más su pelo y creando un ambiente grisáceo que mecía las sombras, como en aquellas noches de tormenta estelar, en las que sangran las nubes y no para de llover.

Llovía esa noche, sí, igual que entonces, igual que aquella en la que esos odiosos dioses menores que moran en los ojos de los muertos me condenaron a vagar sin descanso; por aquellos malévolos Páramos del Miedo, y bajo las luces de aquella ciudad aletargada y perdida de Anthatherius.

Y mientras me sentaba en la mesa de baobab para escribir esta crónica, a la luz de las lámparas ancestrales, adiviné lo que ya sabía al escuchar por primera vez a esa bestia: vivía aquí, y moraba detrás del espejo de la pared.


Era mi reflejo.

El Libro de las Noches Perdidas tiene una historia más. Maldito sea esta noche por los trasgos de la planicie. Maldito por las brujas del arrozal y los gusanos de las montañas, que viven no lejos de la Taberna del Lobo; las que me ven de nuevo, otra vez escribiendo historias.


Maldita noche que subí, tras un despertar, a escribir en mi Torre de la Luna.

lunes, 27 de marzo de 2017

Crónica XXI. Cantos nocturnos: El cuidador de auroras boreales

Crónica XXI. Cantos nocturnos: El cuidador de auroras boreales.


A mi Padre. 
No puedo decir más

 
La pasada noche, el sol volvió a hacer de las suyas en el negro cielo que corona la Torre de la Luna. Me despertó de madrugada un festival de extrañas luces fantasmagóricas de color verdoso, que cubrían el cielo de las Hyades hasta hacerlo asemejarse a un prado estelar.

El alegre, y a la vez temible espectáculo, me sobrecogió. Mientras miraba a través de los cristales de cuarzo ancestral de las ventanas de mi Torre, sentía una mezcla de miedo y desasosiego, el miedo a las bóvedas infinitas que descansan desde el principio de los tiempos sobre los negros pilares de basalto de las montañas de la locura.

Pero también sentía paz y sosiego, la paz del que disfruta de un espectáculo natural sólo hecho para los ojos de los elegidos.

En aquel momento, y aprovechando el halo de luz que lamió la falda de la montaña, pude ver la silenciosa figura del cuidador de auroras boreales. Aquella figura relajada, cómoda y tranquila que paseaba por los matorrales mientras miraba el fenómeno con naturalidad, cuidando que no se perdiese por el lago de Therks, guiándolo de nuevo hacia lo alto, para volver a bailar entre Centauro, Lupus y Circinus.

Cuidaba y mimaba cada movimiento de las luces, como si fuesen niños desbocados a los que hubiese que guiar para no perderse en su camino de regreso a casa. Y ellas obedecían, subiendo a tapar las constelaciones y bajando hasta las laderas, donde molestaban el sueño de los urogallos y hacían croar a las ranas áureas que viven en las rocas de la orilla del lago.

El cuidador de auroras boreales: Figura etérea, incorpórea e imposible, banal y necesaria al mismo tiempo, el director de la orquesta de las estrellas, que dirige en esas noches con su batuta invisible, la orquesta de constelaciones que tocan sobre la bóveda, desde Cráter la oculta hasta Ophiuchus, desde Serpens hasta Draco la imaginaria.

Entonces recordé con nostalgia al otro cuidador, al que era corpóreo y tangible, al cuidador de infancias y adolescencias del niño-hombre que hoy habita la Torre de La Luna.

Érase un frío final de invierno en mi biblioteca congelada de los libros que nunca existieron.

Érase una torre de perfil afilado, situada en el vasto bosque al que siempre protege la niebla que desciende, majestuosa y temible, desde lo más alto de las montañas de la locura: La Torre de la Luna.

Érase una aurora boreal que me despertó del sueño de los mortales

Y érase también un cuidador de auroras boreales, que me trajo los recuerdos de un niño amparado y protegido, que se sintió seguro junto a él mientras aprendía a caminar hacia su Torre.

¿Papá? ¿tú nos ves, verdad?

19 de Marzo de 2013, día del Padre. Ocho meses después.

Editado el 19 de marzo de 2018, cinco años y ocho meses después.

domingo, 26 de marzo de 2017

Crónica XXII, Interludio IV. Sinfonías Tontas: Y la noche calló

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Crónica XXII, Interludio IV. Sinfonías Tontas: La noche calló
La noche calló.
Y era la paz del campo murmurando;

Y la sombra me acunó bajo la luna...
la miré temblando.

Y mi sueño me cogió por la cintura,
susurrando

palabras que inspiraban la frescura
de los tiempos blancos.

Y me habló de las noches olvidadas
que fueron pasando,

sin dejarme acariciarlas ni estrecharlas,
ni escuchar su canto.

Y al fin llegó,
y lloré y se oyó mi llanto:
Y era la paz del campo murmurando.

martes, 28 de febrero de 2017

Crónica XXIII. Cantos nocturnos: Adiós, Tiami, buen viaje



Crónica XXIII. Cantos nocturnos: Adiós, Tiami, buen viaje

Al hada de la luna.
La que nos hizo mayores a base de ser siempre niños
La que siempre fue una niña a pesar de hacerse mayor
A Mercedes López Martín, mi tía… nuestra Tiami
 



Que sí, que ya sé que probablemente no la leas, pero no quería ir a Llerena a acompañarte en tu último paseo sin escribirte antes esta carta de despedida.

El tren sale en una hora, el mismo ruidoso amasijo de hierros en el que siempre hemos ido a casa en vacaciones ¿te acuerdas?. Ay, aquella jauría de niños inquietos que salían de esos vagones e invadían la Calle Santiago, y que os tocaba soportar, verano tras verano, con una sonrisa de las casi madres de todos nosotros que fuisteis.

Hoy quiero que te vayas con esta carta, y quiero compartir con mi gente, igual que comparto sueños, risas y a veces enfados, los recuerdos de toda una vida y el dolor que en este momento me ennegrece el alma.

Muchas veces te escuché decir, hasta la saciedad, que no querías ser la última, que no querías ver irse, uno por uno, a todos tus hermanos y hermanas... Pero lo fuiste, la última de una generación de personas buenas, para no entrar en calificativos chorreantes que oculten la inmensa tristeza que me agrieta el corazón desde esta mañana.

Te has ido, gamberra, sin despedirte. No quisiste ser pesada, no se te oyó salir, y te llevaste el último trozo de nuestro corazón infantil, ese trozo que aún juega con los gatos, persigue a las gallinas y se esconde en las frescas habitaciones del fondo de la casa para que no le laven detrás de las orejas.

Llévate ese trocito, niña: Te lo regalo, “p'a tí p'a siempre”.

Y donde vayas, quiero creer que te encontrarás con Papá, con Tío Enrique y Tío Lorenzo, con Cotola, Tía Araceli, Tía Rosi, Tía Dolores, Tía Clotilde y Tía Adelaida.

Y también quiero creer que en algún sitio, estarán con ellos Tío Fulgencio, Tía Lala, Tío Enrique López Vidarte y todos vuestros primos que, uno por uno, como granos de una granada, han ido soltándose y yéndose.

Toda una generación ha terminado de irse, la que nos tuvo, nos crió y nos hizo los niños más felices de Llerena.

Ese elenco de actores y actrices de la vida que soportó estoicamente, primero dos guerras, y después las travesuras de unos niños que soñaban con mares profundos mientras remaban en una caja de cartón en el patio; los mismos niños que subían a caballo de las ramas de una higuera buscando países de fantasía, y saltaban por los tejaos de Lalo buscando tesoros escondidos: Mi hermana, mis primos y yo.
           
Gracias Tía Mercedes, Tiamichichi como te gustaba que te llamásemos, gracias por todo, gracias a todos, gracias por haber estado ahí toda esta vida.

Vuestros "niños" ya les han hablado mil veces a vuestros nietos, y estos también lo harán a vuestros biznietos cuando sean mayores y puedan entender, que tuvieron la enorme satisfacción y el impagable regalo de haber nacido y crecido a vuestro lado.

Gracias, componentes añorados, y ya extintos, de la generación López, la de entreguerras, que os habéis ido uno a uno, dejándonos los ojos repletos de lágrimas y el corazón inundado de recuerdos imborrables y felices.

Buen viaje Tiamichichi, te deseo un buen viaje, el mejor de los viajes, el que acabas de emprender para encontrarte con Abuelina, Abuelito, tus hermanos y tus primos. Como siempre solíais decir: ¡Llama cuando llegues, y da recuerdos por allí ! :)

Os quiero a todos. Os queremos a todos.

Javi...y todos los demás niños.

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