Crónica XVIII. El día que encontré al Poeta
Aquella mañana me levanté temprano. Me dolían los huesos y mi mente ordenaba al resto del cuerpo darme señales continuas de alarma.
Aquella mañana me levanté temprano. Me dolían los huesos y mi mente ordenaba al resto del cuerpo darme señales continuas de alarma.
No, la mezcla de absenta y ron de la noche
anterior no fué especialmente sabia. Tuve espantosas pesadillas de celdas y
mazmorras que aprisionaban las ánimas de los condenados.
Miré fugazmente al libro de las noches
perdidas y no encontré nada nuevo en él, así que tomé aquella noche como
también perdida para siempre y bajé de mi torre a caminar.
Pero aquella alborada no iba a ser inútil:
Cuando los búhos del lago se empezaban a guarecer en los huecos sombríos de los
robles, pausada y cansinamente, apareció a lo lejos el poeta.
Su figura se fue haciendo más y más grande a
medida que se acercaba a mi torre. Tras desearme buenos días, y con una mezcla
entre dulzura y melancolía me pidió agua fresca del molino, a lo que
prestamente accedí.
Mientras llenaba el tazón en la plata
cristalina que volaba desde lo alto de las palas, se sentó en la piedra que
corona la colina y empezó a contarme lo que os voy a describir:
"¿Pues qué somos los poetas, sino dulces mentirosos,
que en nuestro disparatado camino, perseguimos sombras de luz de luna, mientras
vamos desparramando trozos de alma ajados y divididos, a través de las montañas
de la locura?
Un día, cualquier día, detenemos nuestra marcha y nos
damos cuenta de que, en algún lugar de nuestro incierto camino, perdimos
nuestras sandalias. Entonces sentimos que tenemos los pies ardiendo.
Y decidimos sentarnos en una piedra como la que me
ofreciste, y comenzar a reconstruir la bóveda salada que un día contuvo nuestro
corazón.
Pero cuando llega ese oscuro día ya es tarde. Tarde para
otra cosa que no sea descoser nuestro pecho a base de puntadas de lápiz y
punzón, vaciarlo de anhelos amarilleados por el tiempo y volverlos a coser
dulcemente, mientras derramamos una lágrima de dolor.
Mientras cicatrizan las puntadas, pasamos el tiempo
esperando sin esperanza que, en ese hueco, vuelvan a germinar aquellos sueños
que huyeron en las noches de verano en las que la vida era aún futuro incierto
y no lejano pasado de recuerdos.
Y esa larga espera es el resto de nuestras vidas."
En aquel momento se levantó y sin mirarme, me
entregó su punzón, el punzón de las soledades, el mismo que desde entonces uso
para aprisionar las hojas de este libro, que duermen el sueño de la locura
mientras esperan a alguien que las pase una a una, que las acaricie una a
una...
Y entonces se fue. Mientras se alejaba, ya
con el sol en lo más alto, pensé seguirle en su camino, tal fue la fascinación
que ejerció en mí...
Pero no lo hice. Mi mata de hinojos aún
seguía esperando que volviese a regarla, y me quedé con ella a su sombra.
¡Quién sabe si no debí caminar a su espalda, para pasar el resto de mi vida
intentando comprender el sonido de las hojas de los bosques que sin duda
atravesaría!.
Adiós efímero amigo... que la vida te vuelva
a sonreír allá donde vayas. Desde aquí lo desearé cada mañana, a la hora en que
las gotas de rocío diluyen las huellas de los lobos en el camino.
Regresa cuando quieras. Te he dejado el tazón
lleno encima del brocal. Y ahí se quedará hasta que vuelvas, para contarme otra
de tus historias de veranos perdidos y caminares, pausados y cansinos, tras la
música de las hojas.
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