No quiero enfadarme contigo.
De hecho sólo te llamé
desde un viejo teléfono
que hace años dejó de funcionar,
para desearte una larga noche en vela.
Sí, es a tí, al tipo que nunca quise ser
y que me mira detrás del espejo.
Para invitarte a una cena fría,
brindando con soledad
y oliendo a lluvia,
para dar después un paseo
hipocondríaco y canalla,
bajo la gélida mirada
de las estrellas de neón
que lucen en tu calle del hastío.
Te llamé porque creía
que deberías oir esto:
cada lágrima debería morir
en la orilla de los ojos
que la dejaron caer.
Pero tu teléfono comunicaba.
Te llamaré mañana. O tal vez no.
brindando con soledad
y oliendo a lluvia,
para dar después un paseo
hipocondríaco y canalla,
bajo la gélida mirada
de las estrellas de neón
que lucen en tu calle del hastío.
Te llamé porque creía
que deberías oir esto:
cada lágrima debería morir
en la orilla de los ojos
que la dejaron caer.
Pero tu teléfono comunicaba.
Te llamaré mañana. O tal vez no.
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