miércoles, 29 de marzo de 2017

Crónica XX. Sólo un triste animal

Crónica XX.  Sólo un triste animal.
Era una fría madrugada, casi al final de aquel dulce fin de verano en el Valle de los sueños.

Noté los huesos fríos al despertar agitadamente, igual que los sentí cuando volvía de mi último viaje a la Constelación de Eridanus, y comoquiera que ya hacía algo de frío y la noche anterior había olvidado recoger leña de palisandro para mi chimenea, decidí visitar la Torre de la Luna.

No era tiempo de tormentas detrás de las Montañas de la Locura, ni se divisaban nimbos amenazadores más allá de la Garganta del Rayo; no, decididamente no era tiempo de subir, pero el extraño frío que lamía mi piel me hizo al fin volver a ascender lentamente, uno a uno, sus escalones.

Al abrir la puerta y encender la lámpara de gas sentí la humedad del abandono, tanto era el tiempo que hacía desde la última vez. Como no podía ser de otra forma, mi viejo libro, en el en que tiempos remotos escribía con lágrimas de jade, permanecía en su lugar bien sujeto al punzón del poeta, callado y expectante.

No había rastro de Paz, el hada nocturna que me acunaba cada noche, ¡ah! en aquellos días felices y lejanos de aquel otoño de mango y fresas; otoño aquel en que sonreía a la vida mientras ésta me hacía cosquillas en la espalda, a la luz de las tres Lunas de Lyra que se mecen en los veranos.


Mi pétrea alma, que ya volaba sobre los cirros que se hallan más allá de Arturo y Vega, pensaba que posiblemente ya no la necesitaba.

Entonces comprendí, orgullosamente, que me había endurecido: no escribía en mi libro desde mucho antes del otoño anterior. Me sentía fuerte y seco, como los espíritus de los guerreros a los que, al amanecer, oigo limpiar sus armas en la aldea de más allá del luminoso Lago de Mesk. O eso pensaba hasta entonces.

No hice caso al crujido lastimero de mi vieja mesa de baobab; ni siquiera me paré ante las dos libélulas del lago que habían entrado atraídas por la luz y se hallaban circunvalando la lámpara de gas, extendiendo su polvo de hadas de sus alas por la vieja habitación.

Frente al viejo gramófono busqué el trágico Adagio para Cuerdas de Barber y me dispuse a sentarme a escuchar, entre los compases del mismo, la respiración de los espíritus del antiguo molino, que subían y bajaban entre la música acuática.

Me dirigía al otro lado de la sala evitando sentarme ante el abandonado Libro de las Noches Perdidas, pues me había jurado que pasarían eras hasta que tuviese que retomar su escritura, cuando algo estremecedor sorprendió a mi vista, en la pared sur de la torre.

Se movía y se estiraba a través de aquella ventana, y me miraba pendencieramente desde sus ojos de jade. Era una bestia magnífica, altanera y con cierto aire de suficiencia. Parecía sabia, dura, envejecida y milenaria.

Cuando, de forma automática e hipnótica me acerqué al animal, éste retrocedió nerviosamente; bestia precavida, desconfiada y lejana, que erizó el pelo de su lomo a modo de advertencia de que no me aproximase más.

Sólo fue entonces cuando advertí que estaba herida. No demostraba debilidad alguna, pero su alma cojeaba de las patas traseras, exhalando unos imperceptibles gemidos de dolor que recordaban a las viejas tormentas que se forman en invierno en las aterradoras Montañas de Urano.


Por un lado noté que quería que me acercase a pasar mi mano sobre su lomo; por el otro me miraba con cara desafiante, orgullosa y casi estremecedora. Cuando me senté a su lado todo cambió: sus puntiagudas orejas cayeron, como se marchitan y caen las cryptocorinas del valle del Zhú cuando empieza a caer la noche del viento austral.

Entonces puse mi mano en su cabeza, y tembló: titiló, como los lejanos y ancestrales soles de Mythre cuando hice resbalar mi dedo índice por su entrecejo. Hubiera jurado que soñaba soles en su cama de maíz, y agradecía ronroneando las caricias que el viejo aprendiz de poeta le ofrecía.

Pero fue entonces cuando llegó el bramido. Ronco, ruidoso y espectral, como las sombras de tempestad que rozaban mi barco de hojas de palma en la noche de su hundimiento.

Me quedé petrificado, como si una mano helada se hubiese posado sobre mi espalda. Cuando logré retroceder, vi por última vez a la bestia: enfadada, agresiva, sorda y ciega. No quiso más afecto que las dos pobres palmadas, pues su herida se abrió de nuevo, erizando aún más su pelo y creando un ambiente grisáceo que mecía las sombras, como en aquellas noches de tormenta estelar, en las que sangran las nubes y no para de llover.

Llovía esa noche, sí, igual que entonces, igual que aquella en la que esos odiosos dioses menores que moran en los ojos de los muertos me condenaron a vagar sin descanso; por aquellos malévolos Páramos del Miedo, y bajo las luces de aquella ciudad aletargada y perdida de Anthatherius.

Y mientras me sentaba en la mesa de baobab para escribir esta crónica, a la luz de las lámparas ancestrales, adiviné lo que ya sabía al escuchar por primera vez a esa bestia: vivía aquí, y moraba detrás del espejo de la pared.


Era mi reflejo.

El Libro de las Noches Perdidas tiene una historia más. Maldito sea esta noche por los trasgos de la planicie. Maldito por las brujas del arrozal y los gusanos de las montañas, que viven no lejos de la Taberna del Lobo; las que me ven de nuevo, otra vez escribiendo historias.


Maldita noche que subí, tras un despertar, a escribir en mi Torre de la Luna.

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