Crónica XV. La vuelta.
Tal vez fue el sonido del arroyo de las almas inquietas el que me llamó en aquel crepúsculo escarlata, o tal vez no.
Y
tal vez sea hoy el recuerdo de aquel oscuro sueńo durante el que,
merodeando entre Arturo y Vega, una estrella fugaz me desveló.
O tal vez no.
¿Qué
más da ya? El caso es que aquella noche bajé; aquella luz me hizo
descender uno a uno los escalones de mi Torre, en pos de aquel fugaz
rayo de luna; pensaba que yendo tras él, recorrería senderos nunca
hollados por los seres del poblado primordial.
Pero casi
súbitamente, con la misma rapidez con la que las genistras se enseñorean
de las praderas donde yacen los cadáveres de las batallas, aquel rayo
se tornó oscuridad.
El regreso es lento, tan lento que puedo ver
cómo languidecen las ulmarias y los polyanthus, más allá de la Garganta
del Rayo, mientras retorno a la Torre de la Luna.
Pronto
volveré a estar a solas con aquel laúd de gingko, rasgando sus cuerdas
con mi plectro, y extrayendo uno a uno los gemidos de los dioses de las
bóvedas nocturnas.
Pero mientras, y surcando el sendero tortuoso
que desciende desde las montañas de Ur, voy describiendo y escribiendo
de nuevo acerca de las oscuras noches de los Atlantes, arañando mis
ideas en las hojas de palma que crecen en la orilla del riachuelo
helado.
Cuando llegue a mi Torre ya estará amaneciendo, y los
dos soles de Lyra estarán ya bailando entre las montañas de la locura.
Entonces descorcharé una botella de absentha, aquella que compré en la
taberna del Lobo años atrás. Y volveré a escribir en el libro de las
Noches Perdidas otra historia más.
Otro rasguño en la mesa de
baobab, la misma que cruje lastimeramente cuando me siento junto a ella,
siempre que vuelvo cansado de un viaje casi estelar.
Es el fin
de otro viaje. Es hora de no luchar y acurrucarse en la hoguera,
esperando que los huesos helados vuelvan a sentir una nueva y tardía
primavera: es de nuevo el principio de los tiempos.
Sea.