lunes, 28 de enero de 2019

Crónica Cero

Niña columpiándose en una nube
Crónica Cero
En lo alto de la Torre de la Luna
donde el cielo y la tierra se hacen guiños
siglos ha que un dios menor puso una cuna
donde solía mecerme siendo niño

domingo, 27 de enero de 2019

Crónica I. El comienzo.

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Crónica I. El comienzo.


El día que alcance a mi destino será probablemente a la misma hora a la que mi pasado consiga atraparme; la explosión, con el presente invitado a la fiesta, será tan enorme que conseguirá molestar y hasta despertar, a los dioses menores que duermen en las sombrías y frescas cuevas de W’aah.
Y será el fin de los tiempos.

Aquel día, cuando las nubes tapaban por completo la visión de Cepheus, anunciándose las primeras luces de una primavera de plomo, salí de mi guarida. 

Aquella cueva que me había acogido durante tanto tiempo, sembrada de musgo regado por el goteo de las húmedas y frías estalactitas, me vio partir a la búsqueda de nuevas tierras de espigas, de nuevas almas con las que compartir y sonreír.

Pero el primer paseo en aquel nuevo y desconocido mundo me sorprendió.

Era titubeante, como seguramente fue el de aquel gatito de oro que, siendo yo aún pequeño, desapareció del patio de mi casa y jamás volvió.

Aún recuerdo que entonces lloré por él, mirando a las nubes de mazapán que se formaron aquella tarde, y preguntándoles porqué se había se había marchado.

Los demás gatos del pueblo me contaban que él también lloró, tal vez por el mundo seguro y protector que había dejado atrás para siempre.

Después, ambos seguimos nuestra incierta senda... y fue cuando comprendí que no es otra la condena a la que el cielo sometió a los hombres que la de caminar sin descanso.

Fue mi primer contacto con otra vida, más allá de mi cueva, y lejos de la ciudad que corona el páramo de Erfoss. En mi camino dejé, escrito sobre un papel que después tiraría, el pensamiento de mis pasos:

Una calle vacía, un sol helado
Un calvario de arañazos y de heridas
Una sombra que penando ha caminado
Para salir de otro invierno de su vida

Cuentan de un hombre que un día,
abandonó la ciudad,
con el alma en carne viva,
a caminar ... caminar

A buscar y encontrar un país remoto
Donde el sol dejó de helar, y ahora calienta
Primavera anticipada, invierno roto
vuelta al mundo sin temor, llantos en venta


Pero esa primavera anticipada, ese sol de fuego y esas nubes, serán parte del futuro que dejaré grabado en estas páginas, futuro esquivo e incierto de caminos y sombras, que no dudo que dejará muchas crónicas con las que saciar el hambre de letras de este libro: El Libro De Las Noches Perdidas.

sábado, 26 de enero de 2019

Crónica II. El encuentro con la Torre de La Luna.

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Crónica II. El encuentro con la Torre de La Luna.

Y así llegué a encontrar mi torre, en los páramos que nunca existieron, bajo las montañas de Mu.

Vieja torre construida de sueños y de miedos, enfoscada con yeso amasado con lágrimas de miel, y coronada por la buhardilla a la que las luciérnagas del lago acuden a saciar su sed de luz.

Desde entonces escribo allí arriba, en las noches en las que el viento helado de Prischya adorna los árboles de su base de piedra.

¿Sabes amiga, que tengo una torre, más allá de donde tus ojos podrían alcanzar a mirar?. Es la Torre de la Luna.

¿Sabes amiga que, en lo alto de mi torre, y en las noches en que extraños cometas sobrevuelan el cielo multicolor de la aurora boreal, escribo poesías en blancos papeles hechos de pasta de gingko?

Luego rompo esos papeles en mil pedazos, y los arrojo con fuerza para que se alejen. Me gusta verlos caer como mariposas nocturnas que revoloteando, siguen la senda de los remolinos de sueños olvidados que los empujan torre abajo ... lágrima abajo.

Después caen al suelo, frío y duro, como el alma del dios menor que nos condenó. Parece que gritasen cuando lo tocan, llorando por las letras hermanas que en mil trozos más, y separadas como corazones de antiguos amantes, alfombran la base de mi torre... mi alta y fría Torre de la Luna.

Allí se quedarán hasta que un día baje a recogerlos, cuando la tristeza que esta noche me arrulla inicie un nuevo viaje, para enseñorearse de algún otro alma gris que vagabundee por aquellos caminos que veo desde aquí.

Entonces recolectaré sueños y llantos, porfías y miedos, divididos en tantos trozos como añicos tiene esta noche mi corazón.

Y renaceré esa noche.

Y volveré a subir a sentarme en la buhardilla de mi torre.

Y escribiré de nuevo, dando vueltas a otra historia repetida, la historia de los errantes y de los condenados, que en aquella ocasión no pude terminar... y que esta vez, como tantas otras, no pude terminar porque apareciste tú.

¿Piensas quedarte conmigo para siempre? Ojalá que sí.

Pero sólo se quedó un tiempo. El tiempo justo para que …

La historia repetida e interminable.

viernes, 25 de enero de 2019

Crónica III. Casi Primavera en mi Torre.



Crónica III. Casi Primavera en mi Torre.

Probablemente gasté más pecados  de los que quise, y tal vez no gasté algunos porque no supe.

Quizás probé más manjares prohibidos de los que debía, pero tal vez no saboreé muchos otros porque nadie me enseñó a hacerlo.

Muchas veces me equivoqué porque quise intentarlo... y otras pocas acerté porque ni siquiera lo intenté.

Subí muchas veces a mi torre, a sonreírle a Marte cuando se asomaba a través de las Hyades.

Otras muchas bajé a las húmedas cuevas del Hades a llorar, y gritarle a Carionte que quería ser su pasajero.

Pero ¿sabes qué? Que he gastado, he probado, me he equivocado, he acertado, he bajado y he subido.

Pero sobre todo he reído, he llorado, he amado y...
... y he vivido.

Y seguiré viviendo, al menos hasta que los dioses menores de mis antepasados me reclamen.

Y seguiré subiendo a la buhardilla de mi Torre de la Luna cada noche ancestral en la que aúllen los lobos a las tres lejanas Lunas de Hyrsis, entre los dos cuernos de las Montañas de la Locura. Porque mi vieja mesa de baobab me espera allí, tranquila, quieta y relajada.

 Porque cuando entre de nuevo en la habitación de lo más alto, las libélulas del pantano de los sueños volverán a batir sus alas mientras revolotean la lámpara, y volverán a  espolvorear esencia de hadas sobre mi papel.

Y yo estaré allí.

Es casi primavera. El río helado empieza a despertarse, y unos pequeños hilos brillantes comienzan a balbucear, queriendo moverse y bajar serpenteando hasta el lago. Pronto volverá la música del agua.

Y volverán los tiempos de conejos, y de zorros plateados. Cualquier mañana a partir de esta noche mi molino volverá a girar, y sus palas empezarán a cantar cansinamente, como lo hicieron hace tanto tiempo.

Ojalá sea pronto. Ojalá sea mañana. Ojalá se quede.

jueves, 24 de enero de 2019

Crónica IV. La huída.



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Crónica IV. La huída.

Y la vida siguió, y era un camino
que burlaba los bordes de un barranco,
con mil metas que alcanzar, con mil destinos,
y al fondo un horizonte azul y blanco.

¿Piensas quedarte conmigo para siempre? Ojalá que sí.

Pero sólo se quedó un tiempo. El tiempo justo para que las cryptocorinas del jardín que plantaba en mi huerto se secasen al sol, despidiéndome con una fría lágrima de seda.

Aquel día, cuando me alejaba para siempre de los campos de fresas con los que durante algún tiempo adorné mis sentidos, no miré hacia atrás.

Sólo empecé a escribir mientras caminaba sin saberlo hacia la Torre de la Luna, otra crónica de nostalgia.

Otra crónica de desazón para engrosar mi Libro de las Noches Perdidas:


Quise sentirte, quise quererte,
quise ser alma en tu corazón.
Quise estar vivo, quise morirme,
aquella noche, y aquel adiós.

Hoy que estoy vivo, que ya no quiero,
y en mi camino ya se ve el fin,
quiero pararme, escribir un verso,
que hable del tiempo en que estuve aquí.

Mañana parto a buscar mi sueño,
futuro incierto de sombra y luz.
Si alzas la vista y me ves pequeño,
es que estoy lejos, te quedas tú.

miércoles, 23 de enero de 2019

Crónica V. Mi Compañera Paz.



Crónica V. Mi Compañera Paz.

Crónica primera: De mi hada
Esta noche, mientras proyectaba sueños en mi cama de maíz, ha subido conmigo a mi torre una compañera que creí perdida para siempre. Se llama Paz, y es el hada nocturna que me acunaba cada noche, en los días felices y lejanos de aquel otoño boreal en que sonreía a la vida mientras ésta me hacía cosquillas en la espalda, a la luz de las lunas de Orión.
El hada que dormía conmigo junto al fuego de la chimenea de mi torre, no lejos de mi mesa de baobab, en la que reposa y crece cada día el libro de las noches perdidas.
Mi hada es aquel espíritu blanco que me contaba historias de un remoto país más allá de las montañas de la locura, donde no existe la noche. Aqulla lejana y desconocida tierra donde los inviernos pasan con rapidez, para dejar paso a espumosos campos de sandías de corazón vivo,  rojo y palpitante.
Crónica segunda: De mis amigos
Los habitantes de la aldea de mucho más allá del lago, más allá de donde podría alcanzar con mi vista eran blancos seres etéreos que brillaban con los primeros rayos del sol de la lejana Aldebarán.
Durante mucho tiempo creí que eran mis amigos, mis aliados, y de hecho durante mucho tiempo lo fueron o  parecieron serlo.
Portaban ideas de bien y amistad, contaban dulces historias de amor y libertad y tocaban flautas y timbales, mientras danzaban en la orilla de mi lago en los ratos de claros de luna.
Llevaban largas antorchas en las que ardía aceite y miel, perfumando la noche del lago con extrañas y maravillosas esencias de pureza.
            Se acercaban todos los días a beber agua de mi noria, y me sonreían mientras llenaban sus brillantes escudillas con la nieve líquida de mi riachuelo, el que baja de la montaña cantando desde tiempos primordiales.
Crónica tercera: Del ataque
            Aquella lejana madrugada de noviembre, los habitantes de la aldea de mucho más allá del lago, más allá de donde podría alcanzar con mi vista, se quitaron su máscara blanca y acudieron a mi torre para atacarla sin piedad.
            Eran en realidad horribles fantasmas sin alma, los mismos que me asustaban de pequeño contandome historias de soledades y planetas rotos.
 Pero esta vez portaban ideas teñidas de sangre a modo de capas, para herir la sensibilidad de los humanos. Pude oír que gritaban palabras necias y criminales para secuestrar los oídos de la gente pacífica, y címbalos y caramillos de sonido alegre y embustero para acallar las anteriores, para así poder poseer la voluntad de las almas.
 Y también llevaban largas varas de palma con afilados estiletes en sus puntas, para ensartar a cualquiera que osase resguardar las sensibilidades y cerrar los oídos a tan brutal ataque.
            La maldad en su más puro estado se arremolinó alrededor de mi torre, haciéndola temblar desde los cimientos. La jauría de fantasmas con forma de perros hambrientos y corazones de metal oxidado se hizo con mi fortaleza.
            No estaba preparado ni alerta esa madrugada, porque ... estaba soñando. Soñando con mundos brillantes y con horas felices de cigarras, libélulas y amigos fieles. Soñando con blancas lunas de cariño, con maizales de sentimientos fraternales.

Las piedras se lamentaban, y las maderas crujían. Mi vieja mesa se quejaba con ruidosos chirridos en sus juntas milenarias.
            Sí, me vencieron aquella madrugada. Mi estupor y mi incredulidad sólo fueron comparables al tamaño de las lágrimas de impotencia, rabia y tristeza que derramé.
            La ventana de la habitación de mi torre, donde mi hada de la paz me esperaba cada noche, se abrió entonces.
            Un gélido viento infernal atravesó la habitación, apagando mi lumbre en el hogar y moviendo todos los cuadros de su sitio.
            El libro de las noches perdidas se soltó entonces del punzón del poeta, y sus fragmentos volaron en mil direcciones distintas.
Crónica cuarta: De la calma
            Y así fue como aquella lejana noche de noviembre mi hada se marchó, aterrorizada, sin dejarme más notas que los legajos de mi libro desparramados por toda la sala. Había salido por la ventana de la torre de la luna, y la había dejado abierta.
Por ella habían entrado después los perros sanguinarios, matando a las libélulas del lago que siempre revoloteaban la bombilla de mi mesa. Arrasando mi frutero y mi biblioteca, comiéndose mi alma, robando mis recuerdos...
La escarcha cubrió el suelo y las paredes, y la chimenea, y por fin mi mesa milenaria dejó de crujir.
Todo había terminado.
Crónica quinta: De la ira
            Mis supuestos amigos ... jauría impenitente que, durante mucho tiempo atrás me amaron o hicieron que me sintiese amado.
            Mis supuestos aliados, con los que hubiese ido al fin del mundo a recolectar las azucenas de la sabiduría que crecen mas allá del país del Yan.
Yo os maldije, en nombre de mis antepasados y de los dioses primordiales menores que, aún hoy, permanecen en la bóveda de estrellas que corona la torre de la luna.
Crónica sexta: Del resurgir
            Algún tiempo después, cuando una primavera de fresa empezaba a llamar tímidamente a las puertas de mi torre, empecé al fin a dejar de odiar y maldecir. Comprendí entonces que tenía que renacer, como lo hizo Bennu en Heliópolis, en el tiempo en que el mundo comenzaba a caminar.
            Comencé esa misma mañana a limpiar mi torre. La escarcha ya se había derretido, dejando el piso mojado y las paredes con grandes espumarajos sólidos de sangre. La chimenea había quedado totalmente inundada, y comprendí que durante mucho tiempo, no volvería a poder encender el fuego planetario de Ur en su interior.
            La gran mesa estaba húmeda, y el libro de las noches perdidas desparramado por mil sitios.
            Miré un segundo a la manta donde dormía mi hada, y comprendí tambíen que mi paz, caso de volver, tardaría mucho tiempo en hacerlo.

Pero me puse a la obra: Durante muchas mañanas paseé para intentar poco a poco calmar mi ira y cicatrizar así mi gran herida.
            Y al empezar el sol de Aldebarán a lanzar sus últimos rayos de vida diurna, cuando los trasgos empiezan a enseñorearse de las ninfas del bosque, me dispuse a limpiar las paredes y el suelo de la sala, a secar la chimenea y a recoger la manta que arropó un día mi Paz.
Sequé y pinté la mesa, recogí una a una las páginas, y las volví a engarzar dulcemente al punzón del poeta.
            Y así fué como, poco a poco y casi sin notarlo, aquella noche volví a sentarme, y pude empezar a escribir de nuevo mis crónicas: Las crónicas de la torre de la luna.
Crónica séptima: De los buenos tiempos
            Anoche volvieron otras libélulas del lago, atraídas por la luz de la lámpara. Tocaron con sus alas la ventana, y me dispuse prestamente a abrirles. No pude evitar esbozar mi primera sonrisa cuando comenzaron a revolotear de nuevo y a esparcir polvo de hadas en mi libro, ya seco y ordenado.
            Y hace días que he conseguido al fin que la chimenea vuelva a quemar, tímidamente, maderas de secos árboles del bosque, y el frutero vuelve a estar lleno de bayas carnosas, recogidas en mi huerto de sueños.
            Tengo una alfombra nueva, blanda y mullida como la mata de flores que empieza a crecer en el jardín, torre abajo.
            Hoy me desperté, y me sentí extrañamente reconfortado. Miré a la alfombra y comprobé, con lágrimas en los ojos, que mi hada se hallaba durmiendo en ella.
            Había vuelto a entrar por la ventana, por la misma que se fue en la noche del hundimiento. Silenciosamente, casi como en un suspiro, y ni siquiera la oí acomodarse en su nueva alfombra.
            Ha vuelto la paz. Ella me acunará cada noche de nuevo, y volverá a dormir conmigo junto al fuego de la chimenea de mi torre, no lejos de mi mesa de baobab, en la que reposa y crece cada día el libro de las noches perdidas.
Crónica final: Del miedo
            Hoy he visto de nuevo a los habitantes de la aldea. Son otros, otras caras, otras manos, otras sensaciones. Me vuelven a sonreir mientras llenan sus brillantes escudillas con la nieve líquida de mi riachuelo, el que baja de la montaña cantando desde tiempos primordiales.
            Y otra vez creo que son mis amigos, mis aliados, y lo serán durante mucho tiempo.
He mirado a mi hada de la paz, sigue durmiendo. Vaya, ¡ojalá se despertase ahora, y jugásemos juntos!. Pero todavía está cansada de su largo viaje, que en alguna noche próxima de luciérnagas me contará. Yo también lo estoy.
            Aún sigo cansado, y en el fondo herido. De repente, un escalofrío me ha recorrido la espalda, como si dos manos heladas se hubiesen posado sobre ella.
            He pensado si volverá a pasar otra vez, si los espíritus puros de la aldea de más allá del lago no volverán a quitarse algún día sus máscaras y volverán a atacarme y a expulsar a mi hada de la torre. Espero con todo mi corazón que no, que esta vez no, que nunca más, que ...
            Así acaban otras crónicas de la torre de la Luna. Más crónicas de noches perdidas, de hadas y de trasgos, de duendes y de brujas, de soledades y compañías, de amor ... y de odio.

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