Crónica V. Mi Compañera Paz.
Crónica
primera: De mi hada
Esta noche, mientras proyectaba sueños en mi
cama de maíz, ha subido conmigo a mi torre una compañera que creí perdida para
siempre. Se llama Paz, y es el hada nocturna que me acunaba cada noche, en los
días felices y lejanos de aquel otoño boreal en que sonreía a la vida mientras
ésta me hacía cosquillas en la espalda, a la luz de las lunas de Orión.
El hada que dormía conmigo junto al fuego de
la chimenea de mi torre, no lejos de mi mesa de baobab, en la que reposa y
crece cada día el libro de las noches perdidas.
Mi hada es aquel espíritu blanco que me
contaba historias de un remoto país más allá de las montañas de la locura,
donde no existe la noche. Aqulla lejana y desconocida tierra donde los
inviernos pasan con rapidez, para dejar paso a espumosos campos de sandías de
corazón vivo, rojo y palpitante.
Crónica segunda: De mis
amigos
Los habitantes de la aldea de mucho más allá
del lago, más allá de donde podría alcanzar con mi vista eran blancos seres
etéreos que brillaban con los primeros rayos del sol de la lejana Aldebarán.
Durante mucho tiempo creí que eran mis
amigos, mis aliados, y de hecho durante mucho tiempo lo fueron o
parecieron serlo.
Portaban ideas de bien y amistad, contaban
dulces historias de amor y libertad y tocaban flautas y timbales, mientras
danzaban en la orilla de mi lago en los ratos de claros de luna.
Llevaban largas antorchas en las que ardía
aceite y miel, perfumando la noche del lago con extrañas y maravillosas
esencias de pureza.
Se acercaban todos los días a beber
agua de mi noria, y me sonreían mientras llenaban sus brillantes escudillas con
la nieve líquida de mi riachuelo, el que baja de la montaña cantando desde
tiempos primordiales.
Crónica
tercera: Del ataque
Aquella lejana madrugada de
noviembre, los habitantes de la aldea de mucho más allá del lago, más allá de
donde podría alcanzar con mi vista, se quitaron su máscara blanca y acudieron a
mi torre para atacarla sin piedad.
Eran en realidad horribles fantasmas
sin alma, los mismos que me asustaban de pequeño contandome historias de
soledades y planetas rotos.
Pero esta vez portaban ideas teñidas de
sangre a modo de capas, para herir la sensibilidad de los humanos. Pude oír que
gritaban palabras necias y criminales para secuestrar los oídos de la gente
pacífica, y címbalos y caramillos de sonido alegre y embustero para acallar las
anteriores, para así poder poseer la voluntad de las almas.
Y también llevaban largas varas de
palma con afilados estiletes en sus puntas, para ensartar a cualquiera que
osase resguardar las sensibilidades y cerrar los oídos a tan brutal ataque.
La maldad en su más puro estado se
arremolinó alrededor de mi torre, haciéndola temblar desde los cimientos. La
jauría de fantasmas con forma de perros hambrientos y corazones de metal
oxidado se hizo con mi fortaleza.
No estaba preparado ni alerta esa
madrugada, porque ... estaba soñando. Soñando con mundos brillantes y con horas
felices de cigarras, libélulas y amigos fieles. Soñando con blancas lunas de
cariño, con maizales de sentimientos fraternales.
Las piedras se lamentaban, y las maderas
crujían. Mi vieja mesa se quejaba con ruidosos chirridos en sus juntas
milenarias.
Sí, me vencieron aquella madrugada.
Mi estupor y mi incredulidad sólo fueron comparables al tamaño de las lágrimas
de impotencia, rabia y tristeza que derramé.
La ventana de la habitación de mi
torre, donde mi hada de la paz me esperaba cada noche, se abrió entonces.
Un gélido viento infernal atravesó la
habitación, apagando mi lumbre en el hogar y moviendo todos los cuadros de su
sitio.
El libro de las noches perdidas se
soltó entonces del punzón del poeta, y sus fragmentos volaron en mil
direcciones distintas.
Crónica
cuarta: De la calma
Y así fue como aquella lejana noche
de noviembre mi hada se marchó, aterrorizada, sin dejarme más notas que los
legajos de mi libro desparramados por toda la sala. Había salido por la ventana
de la torre de la luna, y la había dejado abierta.
Por ella habían entrado después los perros
sanguinarios, matando a las libélulas del lago que siempre revoloteaban la
bombilla de mi mesa. Arrasando mi frutero y mi biblioteca, comiéndose mi alma,
robando mis recuerdos...
La escarcha cubrió el suelo y las paredes, y
la chimenea, y por fin mi mesa milenaria dejó de crujir.
Todo había terminado.
Crónica
quinta: De la ira
Mis supuestos amigos ... jauría
impenitente que, durante mucho tiempo atrás me amaron o hicieron que me
sintiese amado.
Mis supuestos aliados, con los que
hubiese ido al fin del mundo a recolectar las azucenas de la sabiduría que
crecen mas allá del país del Yan.
Yo os maldije, en nombre de mis antepasados y
de los dioses primordiales menores que, aún hoy, permanecen en la bóveda de
estrellas que corona la torre de la luna.
Crónica
sexta: Del resurgir
Algún tiempo después, cuando una
primavera de fresa empezaba a llamar tímidamente a las puertas de mi torre,
empecé al fin a dejar de odiar y maldecir. Comprendí entonces que tenía que
renacer, como lo hizo Bennu en Heliópolis, en el tiempo en que el mundo
comenzaba a caminar.
Comencé esa misma mañana a limpiar mi
torre. La escarcha ya se había derretido, dejando el piso mojado y las paredes
con grandes espumarajos sólidos de sangre. La chimenea había quedado totalmente
inundada, y comprendí que durante mucho tiempo, no volvería a poder encender el
fuego planetario de Ur en su interior.
La gran mesa estaba húmeda, y el
libro de las noches perdidas desparramado por mil sitios.
Miré un segundo a la manta donde
dormía mi hada, y comprendí tambíen que mi paz, caso de volver, tardaría mucho
tiempo en hacerlo.
Pero me puse a la obra: Durante muchas
mañanas paseé para intentar poco a poco calmar mi ira y cicatrizar así mi gran
herida.
Y al empezar el sol de Aldebarán a
lanzar sus últimos rayos de vida diurna, cuando los trasgos empiezan a
enseñorearse de las ninfas del bosque, me dispuse a limpiar las paredes y el
suelo de la sala, a secar la chimenea y a recoger la manta que arropó un día mi
Paz.
Sequé y pinté la mesa, recogí una a una las
páginas, y las volví a engarzar dulcemente al punzón del poeta.
Y así fué como, poco a poco y casi
sin notarlo, aquella noche volví a sentarme, y pude empezar a escribir de nuevo
mis crónicas: Las crónicas de la torre de la luna.
Crónica
séptima: De los buenos tiempos
Anoche volvieron otras libélulas del
lago, atraídas por la luz de la lámpara. Tocaron con sus alas la ventana, y me
dispuse prestamente a abrirles. No pude evitar esbozar mi primera sonrisa
cuando comenzaron a revolotear de nuevo y a esparcir polvo de hadas en mi
libro, ya seco y ordenado.
Y hace días que he conseguido al fin
que la chimenea vuelva a quemar, tímidamente, maderas de secos árboles del
bosque, y el frutero vuelve a estar lleno de bayas carnosas, recogidas en mi
huerto de sueños.
Tengo una alfombra nueva, blanda y
mullida como la mata de flores que empieza a crecer en el jardín, torre abajo.
Hoy me desperté, y me sentí
extrañamente reconfortado. Miré a la alfombra y comprobé, con lágrimas en los
ojos, que mi hada se hallaba durmiendo en ella.
Había vuelto a entrar por la ventana,
por la misma que se fue en la noche del hundimiento. Silenciosamente, casi como
en un suspiro, y ni siquiera la oí acomodarse en su nueva alfombra.
Ha vuelto la paz. Ella me acunará
cada noche de nuevo, y volverá a dormir conmigo junto al fuego de la chimenea
de mi torre, no lejos de mi mesa de baobab, en la que reposa y crece cada día
el libro de las noches perdidas.
Crónica
final: Del miedo
Hoy he visto de nuevo a los
habitantes de la aldea. Son otros, otras caras, otras manos, otras sensaciones.
Me vuelven a sonreir mientras llenan sus brillantes escudillas con la nieve
líquida de mi riachuelo, el que baja de la montaña cantando desde tiempos
primordiales.
Y otra vez creo que son mis amigos,
mis aliados, y lo serán durante mucho tiempo.
He mirado a mi hada de la paz, sigue
durmiendo. Vaya, ¡ojalá se despertase ahora, y jugásemos juntos!. Pero todavía
está cansada de su largo viaje, que en alguna noche próxima de luciérnagas me
contará. Yo también lo estoy.
Aún sigo cansado, y en el fondo
herido. De repente, un escalofrío me ha recorrido la espalda, como si dos manos
heladas se hubiesen posado sobre ella.
He pensado si volverá a pasar otra
vez, si los espíritus puros de la aldea de más allá del lago no volverán a
quitarse algún día sus máscaras y volverán a atacarme y a expulsar a mi hada de
la torre. Espero con todo mi corazón que no, que esta vez no, que nunca más,
que ...
Así acaban otras
crónicas de la torre de la Luna. Más crónicas de noches perdidas, de hadas y de
trasgos, de duendes y de brujas, de soledades y compañías, de amor ... y de
odio.