miércoles, 23 de enero de 2019

Crónica V. Mi Compañera Paz.



Crónica V. Mi Compañera Paz.

Crónica primera: De mi hada
Esta noche, mientras proyectaba sueños en mi cama de maíz, ha subido conmigo a mi torre una compañera que creí perdida para siempre. Se llama Paz, y es el hada nocturna que me acunaba cada noche, en los días felices y lejanos de aquel otoño boreal en que sonreía a la vida mientras ésta me hacía cosquillas en la espalda, a la luz de las lunas de Orión.
El hada que dormía conmigo junto al fuego de la chimenea de mi torre, no lejos de mi mesa de baobab, en la que reposa y crece cada día el libro de las noches perdidas.
Mi hada es aquel espíritu blanco que me contaba historias de un remoto país más allá de las montañas de la locura, donde no existe la noche. Aqulla lejana y desconocida tierra donde los inviernos pasan con rapidez, para dejar paso a espumosos campos de sandías de corazón vivo,  rojo y palpitante.
Crónica segunda: De mis amigos
Los habitantes de la aldea de mucho más allá del lago, más allá de donde podría alcanzar con mi vista eran blancos seres etéreos que brillaban con los primeros rayos del sol de la lejana Aldebarán.
Durante mucho tiempo creí que eran mis amigos, mis aliados, y de hecho durante mucho tiempo lo fueron o  parecieron serlo.
Portaban ideas de bien y amistad, contaban dulces historias de amor y libertad y tocaban flautas y timbales, mientras danzaban en la orilla de mi lago en los ratos de claros de luna.
Llevaban largas antorchas en las que ardía aceite y miel, perfumando la noche del lago con extrañas y maravillosas esencias de pureza.
            Se acercaban todos los días a beber agua de mi noria, y me sonreían mientras llenaban sus brillantes escudillas con la nieve líquida de mi riachuelo, el que baja de la montaña cantando desde tiempos primordiales.
Crónica tercera: Del ataque
            Aquella lejana madrugada de noviembre, los habitantes de la aldea de mucho más allá del lago, más allá de donde podría alcanzar con mi vista, se quitaron su máscara blanca y acudieron a mi torre para atacarla sin piedad.
            Eran en realidad horribles fantasmas sin alma, los mismos que me asustaban de pequeño contandome historias de soledades y planetas rotos.
 Pero esta vez portaban ideas teñidas de sangre a modo de capas, para herir la sensibilidad de los humanos. Pude oír que gritaban palabras necias y criminales para secuestrar los oídos de la gente pacífica, y címbalos y caramillos de sonido alegre y embustero para acallar las anteriores, para así poder poseer la voluntad de las almas.
 Y también llevaban largas varas de palma con afilados estiletes en sus puntas, para ensartar a cualquiera que osase resguardar las sensibilidades y cerrar los oídos a tan brutal ataque.
            La maldad en su más puro estado se arremolinó alrededor de mi torre, haciéndola temblar desde los cimientos. La jauría de fantasmas con forma de perros hambrientos y corazones de metal oxidado se hizo con mi fortaleza.
            No estaba preparado ni alerta esa madrugada, porque ... estaba soñando. Soñando con mundos brillantes y con horas felices de cigarras, libélulas y amigos fieles. Soñando con blancas lunas de cariño, con maizales de sentimientos fraternales.

Las piedras se lamentaban, y las maderas crujían. Mi vieja mesa se quejaba con ruidosos chirridos en sus juntas milenarias.
            Sí, me vencieron aquella madrugada. Mi estupor y mi incredulidad sólo fueron comparables al tamaño de las lágrimas de impotencia, rabia y tristeza que derramé.
            La ventana de la habitación de mi torre, donde mi hada de la paz me esperaba cada noche, se abrió entonces.
            Un gélido viento infernal atravesó la habitación, apagando mi lumbre en el hogar y moviendo todos los cuadros de su sitio.
            El libro de las noches perdidas se soltó entonces del punzón del poeta, y sus fragmentos volaron en mil direcciones distintas.
Crónica cuarta: De la calma
            Y así fue como aquella lejana noche de noviembre mi hada se marchó, aterrorizada, sin dejarme más notas que los legajos de mi libro desparramados por toda la sala. Había salido por la ventana de la torre de la luna, y la había dejado abierta.
Por ella habían entrado después los perros sanguinarios, matando a las libélulas del lago que siempre revoloteaban la bombilla de mi mesa. Arrasando mi frutero y mi biblioteca, comiéndose mi alma, robando mis recuerdos...
La escarcha cubrió el suelo y las paredes, y la chimenea, y por fin mi mesa milenaria dejó de crujir.
Todo había terminado.
Crónica quinta: De la ira
            Mis supuestos amigos ... jauría impenitente que, durante mucho tiempo atrás me amaron o hicieron que me sintiese amado.
            Mis supuestos aliados, con los que hubiese ido al fin del mundo a recolectar las azucenas de la sabiduría que crecen mas allá del país del Yan.
Yo os maldije, en nombre de mis antepasados y de los dioses primordiales menores que, aún hoy, permanecen en la bóveda de estrellas que corona la torre de la luna.
Crónica sexta: Del resurgir
            Algún tiempo después, cuando una primavera de fresa empezaba a llamar tímidamente a las puertas de mi torre, empecé al fin a dejar de odiar y maldecir. Comprendí entonces que tenía que renacer, como lo hizo Bennu en Heliópolis, en el tiempo en que el mundo comenzaba a caminar.
            Comencé esa misma mañana a limpiar mi torre. La escarcha ya se había derretido, dejando el piso mojado y las paredes con grandes espumarajos sólidos de sangre. La chimenea había quedado totalmente inundada, y comprendí que durante mucho tiempo, no volvería a poder encender el fuego planetario de Ur en su interior.
            La gran mesa estaba húmeda, y el libro de las noches perdidas desparramado por mil sitios.
            Miré un segundo a la manta donde dormía mi hada, y comprendí tambíen que mi paz, caso de volver, tardaría mucho tiempo en hacerlo.

Pero me puse a la obra: Durante muchas mañanas paseé para intentar poco a poco calmar mi ira y cicatrizar así mi gran herida.
            Y al empezar el sol de Aldebarán a lanzar sus últimos rayos de vida diurna, cuando los trasgos empiezan a enseñorearse de las ninfas del bosque, me dispuse a limpiar las paredes y el suelo de la sala, a secar la chimenea y a recoger la manta que arropó un día mi Paz.
Sequé y pinté la mesa, recogí una a una las páginas, y las volví a engarzar dulcemente al punzón del poeta.
            Y así fué como, poco a poco y casi sin notarlo, aquella noche volví a sentarme, y pude empezar a escribir de nuevo mis crónicas: Las crónicas de la torre de la luna.
Crónica séptima: De los buenos tiempos
            Anoche volvieron otras libélulas del lago, atraídas por la luz de la lámpara. Tocaron con sus alas la ventana, y me dispuse prestamente a abrirles. No pude evitar esbozar mi primera sonrisa cuando comenzaron a revolotear de nuevo y a esparcir polvo de hadas en mi libro, ya seco y ordenado.
            Y hace días que he conseguido al fin que la chimenea vuelva a quemar, tímidamente, maderas de secos árboles del bosque, y el frutero vuelve a estar lleno de bayas carnosas, recogidas en mi huerto de sueños.
            Tengo una alfombra nueva, blanda y mullida como la mata de flores que empieza a crecer en el jardín, torre abajo.
            Hoy me desperté, y me sentí extrañamente reconfortado. Miré a la alfombra y comprobé, con lágrimas en los ojos, que mi hada se hallaba durmiendo en ella.
            Había vuelto a entrar por la ventana, por la misma que se fue en la noche del hundimiento. Silenciosamente, casi como en un suspiro, y ni siquiera la oí acomodarse en su nueva alfombra.
            Ha vuelto la paz. Ella me acunará cada noche de nuevo, y volverá a dormir conmigo junto al fuego de la chimenea de mi torre, no lejos de mi mesa de baobab, en la que reposa y crece cada día el libro de las noches perdidas.
Crónica final: Del miedo
            Hoy he visto de nuevo a los habitantes de la aldea. Son otros, otras caras, otras manos, otras sensaciones. Me vuelven a sonreir mientras llenan sus brillantes escudillas con la nieve líquida de mi riachuelo, el que baja de la montaña cantando desde tiempos primordiales.
            Y otra vez creo que son mis amigos, mis aliados, y lo serán durante mucho tiempo.
He mirado a mi hada de la paz, sigue durmiendo. Vaya, ¡ojalá se despertase ahora, y jugásemos juntos!. Pero todavía está cansada de su largo viaje, que en alguna noche próxima de luciérnagas me contará. Yo también lo estoy.
            Aún sigo cansado, y en el fondo herido. De repente, un escalofrío me ha recorrido la espalda, como si dos manos heladas se hubiesen posado sobre ella.
            He pensado si volverá a pasar otra vez, si los espíritus puros de la aldea de más allá del lago no volverán a quitarse algún día sus máscaras y volverán a atacarme y a expulsar a mi hada de la torre. Espero con todo mi corazón que no, que esta vez no, que nunca más, que ...
            Así acaban otras crónicas de la torre de la Luna. Más crónicas de noches perdidas, de hadas y de trasgos, de duendes y de brujas, de soledades y compañías, de amor ... y de odio.

2 comentarios:

  1. Sublime, bien escrito, Me parece bueno, con un lenguaje no al uso, personal forma de narrar, con recursos estilisticos... bello.

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