domingo, 30 de abril de 2017

Crónica XVI, Interludio III: Versos góticos.


Algunos relatos de "Horror gótico"
Crónica XVI, Interludio III: Versos góticos.

Soy el alma del horror de tu destino,
el que vaga por tus venas sin salida,
el que pierde a los que buscan un camino,
el que arańa el corazón abriendo heridas.

Soy el negro moscardón de los pantanos,
el que vive en la mirada de los muertos,
el mal sueńo que sentiste tan cercano,
que creíste sin dudarlo que era cierto.

Soy el verso del espanto y del misterio
el que abrasa tus claveles en verano;
soy la sombra del ciprés del cementerio,
soy las notas de tu réquiem al piano.

viernes, 28 de abril de 2017

Crónica XVII. Subiendo de nuevo.


Crónica XVII. Subiendo de nuevo.


Aquella noche volví a sentarme en la buhardilla que corona la Torre de la Luna, donde el cielo y la tierra se hacen guiños ¿te acuerdas?

El hombre del tiempo ya dijo que Júpiter iba a amanecer nublado, y así fue: Una extraña niebla se pegó a la superficie del planeta de los sueños esa mañana, así que esperé al anochecer para enfilar la escalera de caracol de pesados escalones, tratando de no resbalar con las gotas de llovizna de lágrimas de hielo que los perlaba.

Entonces descubrí que hacía meses que no subía a la torre de los condenados y de los errantes: mi oscuro y fresco rincón de los sueños de maíz.

Al encender la luz encontré un panorama algo desolador, pero cómodo. Dos libélulas del pantano, molestas por aquellos rayos dorados que las deslumbraban, revolotearon la lámpara. Y el revoloteo hizo que sembraran del polvo de hadas de sus alas mi vieja mesa de madera de baobab.

Excelente panorama para retomar la escritura del libro de las noches perdidas. El libro de los recuerdos oscuros que, en las noches en las que los lobos primordiales de Urano aúllan, se llena de manchas de soledad y de lágrimas negras de hastío y desesperanza.

Era una noche de lobos en la Torre de la Luna. Vaya, ¡ojalá se marchasen!. ¡Ojalá que a medianoche volviesen al camino, a la búsqueda de algún alma que devorar, y me dejasen seguir escribiendo en paz!.¡Horribles lobos devoradores de recuerdos!

Porque esa noche necesitaba escribir historias. Historias de mares grises y noches de diluvios en las que los dioses menores de mis antepasados se lamentasen con rabia por sus reinos perdidos en la inmensidad del espacio.

Malditas noches. Malditos días. Júpiter no amanecerá recién pintado mañana. Pasado ... será otra historia

sábado, 1 de abril de 2017

Crónica XVIII.. El día que encontré al poeta



Crónica XVIII. El día que encontré al Poeta
 
Aquella mañana me levanté temprano. Me dolían los huesos y mi mente ordenaba al resto del cuerpo darme señales continuas de alarma.

No, la mezcla de absenta y ron de la noche anterior no fué especialmente sabia. Tuve espantosas pesadillas de celdas y mazmorras que aprisionaban las ánimas de los condenados.

Miré fugazmente al libro de las noches perdidas y no encontré nada nuevo en él, así que tomé aquella noche como también perdida para siempre y bajé de mi torre a caminar.

Pero aquella alborada no iba a ser inútil: Cuando los búhos del lago se empezaban a guarecer en los huecos sombríos de los robles, pausada y cansinamente, apareció a lo lejos el poeta.

Su figura se fue haciendo más y más grande a medida que se acercaba a mi torre. Tras desearme buenos días, y con una mezcla entre dulzura y melancolía me pidió agua fresca del molino, a lo que prestamente accedí.

Mientras llenaba el tazón en la plata cristalina que volaba desde lo alto de las palas, se sentó en la piedra que corona la colina y empezó a contarme lo que os voy a describir:

"¿Pues qué somos los poetas, sino dulces mentirosos, que en nuestro disparatado camino, perseguimos sombras de luz de luna, mientras vamos desparramando trozos de alma ajados y divididos, a través de las montañas de la locura?

Un día, cualquier día, detenemos nuestra marcha y nos damos cuenta de que, en algún lugar de nuestro incierto camino, perdimos nuestras sandalias. Entonces sentimos que tenemos los pies ardiendo.

Y decidimos sentarnos en una piedra como la que me ofreciste, y comenzar a reconstruir la bóveda salada que un día contuvo nuestro corazón.

Pero cuando llega ese oscuro día ya es tarde. Tarde para otra cosa que no sea descoser nuestro pecho a base de puntadas de lápiz y punzón, vaciarlo de anhelos amarilleados por el tiempo y volverlos a coser dulcemente, mientras derramamos una lágrima de dolor.

Mientras cicatrizan las puntadas, pasamos el tiempo esperando sin esperanza que, en ese hueco, vuelvan a germinar aquellos sueños que huyeron en las noches de verano en las que la vida era aún futuro incierto y no lejano pasado de recuerdos.
Y esa larga espera es el resto de nuestras vidas."

En aquel momento se levantó y sin mirarme, me entregó su punzón, el punzón de las soledades, el mismo que desde entonces uso para aprisionar las hojas de este libro, que duermen el sueño de la locura mientras esperan a alguien que las pase una a una, que las acaricie una a una...

Y entonces se fue. Mientras se alejaba, ya con el sol en lo más alto, pensé seguirle en su camino, tal fue la fascinación que ejerció en mí...

Pero no lo hice. Mi mata de hinojos aún seguía esperando que volviese a regarla, y me quedé con ella a su sombra. ¡Quién sabe si no debí caminar a su espalda, para pasar el resto de mi vida intentando comprender el sonido de las hojas de los bosques que sin duda atravesaría!.

Adiós efímero amigo... que la vida te vuelva a sonreír allá donde vayas. Desde aquí lo desearé cada mañana, a la hora en que las gotas de rocío diluyen las huellas de los lobos en el camino.

Regresa cuando quieras. Te he dejado el tazón lleno encima del brocal. Y ahí se quedará hasta que vuelvas, para contarme otra de tus historias de veranos perdidos y caminares, pausados y cansinos, tras la música de las hojas.

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