jueves, 30 de marzo de 2017

Crónica XIX. Cantos nocturnos: No quiero enfadarme contigo.

Crónica XIX. Cantos nocturnos: No quiero enfadarme contigo.

No quiero enfadarme contigo.

De hecho sólo te llamé
desde un viejo teléfono
que hace años dejó de funcionar,
para desearte una larga noche en vela.


Sí, es a tí, al tipo que nunca quise ser
y que me mira detrás del espejo.


Para invitarte a una cena fría,
brindando con soledad
y oliendo a lluvia,
para dar después un paseo
hipocondríaco y canalla,
bajo la gélida mirada
de las estrellas de neón
que lucen en tu calle del hastío.


Te llamé porque creía
que deberías oir esto:
cada lágrima debería morir
en la orilla de los ojos
que la dejaron caer.


Pero tu teléfono comunicaba.
 

Te llamaré mañana. O tal vez no.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Crónica XX. Sólo un triste animal

Crónica XX.  Sólo un triste animal.
Era una fría madrugada, casi al final de aquel dulce fin de verano en el Valle de los sueños.

Noté los huesos fríos al despertar agitadamente, igual que los sentí cuando volvía de mi último viaje a la Constelación de Eridanus, y comoquiera que ya hacía algo de frío y la noche anterior había olvidado recoger leña de palisandro para mi chimenea, decidí visitar la Torre de la Luna.

No era tiempo de tormentas detrás de las Montañas de la Locura, ni se divisaban nimbos amenazadores más allá de la Garganta del Rayo; no, decididamente no era tiempo de subir, pero el extraño frío que lamía mi piel me hizo al fin volver a ascender lentamente, uno a uno, sus escalones.

Al abrir la puerta y encender la lámpara de gas sentí la humedad del abandono, tanto era el tiempo que hacía desde la última vez. Como no podía ser de otra forma, mi viejo libro, en el en que tiempos remotos escribía con lágrimas de jade, permanecía en su lugar bien sujeto al punzón del poeta, callado y expectante.

No había rastro de Paz, el hada nocturna que me acunaba cada noche, ¡ah! en aquellos días felices y lejanos de aquel otoño de mango y fresas; otoño aquel en que sonreía a la vida mientras ésta me hacía cosquillas en la espalda, a la luz de las tres Lunas de Lyra que se mecen en los veranos.


Mi pétrea alma, que ya volaba sobre los cirros que se hallan más allá de Arturo y Vega, pensaba que posiblemente ya no la necesitaba.

Entonces comprendí, orgullosamente, que me había endurecido: no escribía en mi libro desde mucho antes del otoño anterior. Me sentía fuerte y seco, como los espíritus de los guerreros a los que, al amanecer, oigo limpiar sus armas en la aldea de más allá del luminoso Lago de Mesk. O eso pensaba hasta entonces.

No hice caso al crujido lastimero de mi vieja mesa de baobab; ni siquiera me paré ante las dos libélulas del lago que habían entrado atraídas por la luz y se hallaban circunvalando la lámpara de gas, extendiendo su polvo de hadas de sus alas por la vieja habitación.

Frente al viejo gramófono busqué el trágico Adagio para Cuerdas de Barber y me dispuse a sentarme a escuchar, entre los compases del mismo, la respiración de los espíritus del antiguo molino, que subían y bajaban entre la música acuática.

Me dirigía al otro lado de la sala evitando sentarme ante el abandonado Libro de las Noches Perdidas, pues me había jurado que pasarían eras hasta que tuviese que retomar su escritura, cuando algo estremecedor sorprendió a mi vista, en la pared sur de la torre.

Se movía y se estiraba a través de aquella ventana, y me miraba pendencieramente desde sus ojos de jade. Era una bestia magnífica, altanera y con cierto aire de suficiencia. Parecía sabia, dura, envejecida y milenaria.

Cuando, de forma automática e hipnótica me acerqué al animal, éste retrocedió nerviosamente; bestia precavida, desconfiada y lejana, que erizó el pelo de su lomo a modo de advertencia de que no me aproximase más.

Sólo fue entonces cuando advertí que estaba herida. No demostraba debilidad alguna, pero su alma cojeaba de las patas traseras, exhalando unos imperceptibles gemidos de dolor que recordaban a las viejas tormentas que se forman en invierno en las aterradoras Montañas de Urano.


Por un lado noté que quería que me acercase a pasar mi mano sobre su lomo; por el otro me miraba con cara desafiante, orgullosa y casi estremecedora. Cuando me senté a su lado todo cambió: sus puntiagudas orejas cayeron, como se marchitan y caen las cryptocorinas del valle del Zhú cuando empieza a caer la noche del viento austral.

Entonces puse mi mano en su cabeza, y tembló: titiló, como los lejanos y ancestrales soles de Mythre cuando hice resbalar mi dedo índice por su entrecejo. Hubiera jurado que soñaba soles en su cama de maíz, y agradecía ronroneando las caricias que el viejo aprendiz de poeta le ofrecía.

Pero fue entonces cuando llegó el bramido. Ronco, ruidoso y espectral, como las sombras de tempestad que rozaban mi barco de hojas de palma en la noche de su hundimiento.

Me quedé petrificado, como si una mano helada se hubiese posado sobre mi espalda. Cuando logré retroceder, vi por última vez a la bestia: enfadada, agresiva, sorda y ciega. No quiso más afecto que las dos pobres palmadas, pues su herida se abrió de nuevo, erizando aún más su pelo y creando un ambiente grisáceo que mecía las sombras, como en aquellas noches de tormenta estelar, en las que sangran las nubes y no para de llover.

Llovía esa noche, sí, igual que entonces, igual que aquella en la que esos odiosos dioses menores que moran en los ojos de los muertos me condenaron a vagar sin descanso; por aquellos malévolos Páramos del Miedo, y bajo las luces de aquella ciudad aletargada y perdida de Anthatherius.

Y mientras me sentaba en la mesa de baobab para escribir esta crónica, a la luz de las lámparas ancestrales, adiviné lo que ya sabía al escuchar por primera vez a esa bestia: vivía aquí, y moraba detrás del espejo de la pared.


Era mi reflejo.

El Libro de las Noches Perdidas tiene una historia más. Maldito sea esta noche por los trasgos de la planicie. Maldito por las brujas del arrozal y los gusanos de las montañas, que viven no lejos de la Taberna del Lobo; las que me ven de nuevo, otra vez escribiendo historias.


Maldita noche que subí, tras un despertar, a escribir en mi Torre de la Luna.

lunes, 27 de marzo de 2017

Crónica XXI. Cantos nocturnos: El cuidador de auroras boreales

Crónica XXI. Cantos nocturnos: El cuidador de auroras boreales.


A mi Padre. 
No puedo decir más

 
La pasada noche, el sol volvió a hacer de las suyas en el negro cielo que corona la Torre de la Luna. Me despertó de madrugada un festival de extrañas luces fantasmagóricas de color verdoso, que cubrían el cielo de las Hyades hasta hacerlo asemejarse a un prado estelar.

El alegre, y a la vez temible espectáculo, me sobrecogió. Mientras miraba a través de los cristales de cuarzo ancestral de las ventanas de mi Torre, sentía una mezcla de miedo y desasosiego, el miedo a las bóvedas infinitas que descansan desde el principio de los tiempos sobre los negros pilares de basalto de las montañas de la locura.

Pero también sentía paz y sosiego, la paz del que disfruta de un espectáculo natural sólo hecho para los ojos de los elegidos.

En aquel momento, y aprovechando el halo de luz que lamió la falda de la montaña, pude ver la silenciosa figura del cuidador de auroras boreales. Aquella figura relajada, cómoda y tranquila que paseaba por los matorrales mientras miraba el fenómeno con naturalidad, cuidando que no se perdiese por el lago de Therks, guiándolo de nuevo hacia lo alto, para volver a bailar entre Centauro, Lupus y Circinus.

Cuidaba y mimaba cada movimiento de las luces, como si fuesen niños desbocados a los que hubiese que guiar para no perderse en su camino de regreso a casa. Y ellas obedecían, subiendo a tapar las constelaciones y bajando hasta las laderas, donde molestaban el sueño de los urogallos y hacían croar a las ranas áureas que viven en las rocas de la orilla del lago.

El cuidador de auroras boreales: Figura etérea, incorpórea e imposible, banal y necesaria al mismo tiempo, el director de la orquesta de las estrellas, que dirige en esas noches con su batuta invisible, la orquesta de constelaciones que tocan sobre la bóveda, desde Cráter la oculta hasta Ophiuchus, desde Serpens hasta Draco la imaginaria.

Entonces recordé con nostalgia al otro cuidador, al que era corpóreo y tangible, al cuidador de infancias y adolescencias del niño-hombre que hoy habita la Torre de La Luna.

Érase un frío final de invierno en mi biblioteca congelada de los libros que nunca existieron.

Érase una torre de perfil afilado, situada en el vasto bosque al que siempre protege la niebla que desciende, majestuosa y temible, desde lo más alto de las montañas de la locura: La Torre de la Luna.

Érase una aurora boreal que me despertó del sueño de los mortales

Y érase también un cuidador de auroras boreales, que me trajo los recuerdos de un niño amparado y protegido, que se sintió seguro junto a él mientras aprendía a caminar hacia su Torre.

¿Papá? ¿tú nos ves, verdad?

19 de Marzo de 2013, día del Padre. Ocho meses después.

Editado el 19 de marzo de 2018, cinco años y ocho meses después.

domingo, 26 de marzo de 2017

Crónica XXII, Interludio IV. Sinfonías Tontas: Y la noche calló

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Crónica XXII, Interludio IV. Sinfonías Tontas: La noche calló
La noche calló.
Y era la paz del campo murmurando;

Y la sombra me acunó bajo la luna...
la miré temblando.

Y mi sueño me cogió por la cintura,
susurrando

palabras que inspiraban la frescura
de los tiempos blancos.

Y me habló de las noches olvidadas
que fueron pasando,

sin dejarme acariciarlas ni estrecharlas,
ni escuchar su canto.

Y al fin llegó,
y lloré y se oyó mi llanto:
Y era la paz del campo murmurando.

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