A mi Padre.
No puedo decir más
La pasada noche, el sol volvió a hacer de las suyas en el negro cielo que corona la Torre de la Luna. Me despertó de madrugada un festival de extrañas luces fantasmagóricas de color verdoso, que cubrían el cielo de las Hyades hasta hacerlo asemejarse a un prado estelar.
El alegre, y a la vez temible espectáculo, me sobrecogió. Mientras miraba a través de los cristales de cuarzo ancestral de las ventanas de mi Torre, sentía una mezcla de miedo y desasosiego, el miedo a las bóvedas infinitas que descansan desde el principio de los tiempos sobre los negros pilares de basalto de las montañas de la locura.
Pero también sentía paz y sosiego, la paz del que disfruta de un espectáculo natural sólo hecho para los ojos de los elegidos.
En aquel momento, y aprovechando el halo de luz que lamió la falda de la montaña, pude ver la silenciosa figura del cuidador de auroras boreales. Aquella figura relajada, cómoda y tranquila que paseaba por los matorrales mientras miraba el fenómeno con naturalidad, cuidando que no se perdiese por el lago de Therks, guiándolo de nuevo hacia lo alto, para volver a bailar entre Centauro, Lupus y Circinus.
Cuidaba y mimaba cada movimiento de las luces, como si fuesen niños desbocados a los que hubiese que guiar para no perderse en su camino de regreso a casa. Y ellas obedecían, subiendo a tapar las constelaciones y bajando hasta las laderas, donde molestaban el sueño de los urogallos y hacían croar a las ranas áureas que viven en las rocas de la orilla del lago.
El cuidador de auroras boreales: Figura etérea, incorpórea e imposible, banal y necesaria al mismo tiempo, el director de la orquesta de las estrellas, que dirige en esas noches con su batuta invisible, la orquesta de constelaciones que tocan sobre la bóveda, desde Cráter la oculta hasta Ophiuchus, desde Serpens hasta Draco la imaginaria.
Entonces recordé con nostalgia al otro cuidador, al que era corpóreo y tangible, al cuidador de infancias y adolescencias del niño-hombre que hoy habita la Torre de La Luna.
Érase un frío final de invierno en mi biblioteca congelada de los libros que nunca existieron.
Érase una torre de perfil afilado, situada en el vasto bosque al que siempre protege la niebla que desciende, majestuosa y temible, desde lo más alto de las montañas de la locura: La Torre de la Luna.
Érase una aurora boreal que me despertó del sueño de los mortales
Y érase también un cuidador de auroras boreales, que me trajo los recuerdos de un niño amparado y protegido, que se sintió seguro junto a él mientras aprendía a caminar hacia su Torre.
¿Papá? ¿tú nos ves, verdad?
19 de Marzo de 2013, día del Padre. Ocho meses después.
Editado el 19 de marzo de 2018, cinco años y ocho meses después.
Uffff, me ha sobrecogido leerlo nuevamente... Es como leerlo por primera vez y más aun en un dia como hoy...el dia del padre. Gracias por regalarnos las "locuras" q navegan por tu mente.
ResponderEliminarGracias, Red Sonja :* :* :*
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