
Crónica XXXII. Noche de agosto en mi Torre.
En la buhardilla de mi Torre, con un vaso de absentha en una mano y el pretil en la otra, mientras aspiro el olor a jazmín de este infernal agosto, me asaltan varios pensamientos:
He pensado que, probablemente, me gustaría quedarme cerca de alguien que temblase escuchando Fool's Overture de Supertramp y Wish you were here de Pink Floyd.
Me gustaría que supiese llorar con la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández y la muerte del Principito de Saint Exùpery; que riese leyendo al torpe platero de Juan Ramón saltar entre los cardos de los campos de Moguer, e imaginando correr al conejo de Lewis Carrol para llegar a la Fiesta del Jardín.
Probablemente, también sería excitante que se aterrase con los siniestros perros de Tíndalos de Lovecraft o el Gato Negro de Poe. Sería maravilloso también que supiese adentrarse en los mundos de locura de HG Wells y Phillip K. Dick.
O que detuviese el tiempo y las horas mientras visualizase Inside The Labyrinth de Bowie, el nombre de la Rosa de Eco o el Viaje de Chihiro de Miyakazi.
O que le fascinase intentar resolver, aunque fuese imposible, el enigma del ladrillo de Euler, la hipótesis de Riemann.o la conjetura de Poincaré.
Y sobre todo, que supiese mirar al cielo en una noche de agosto, en busca de escuchar la música de las esferas que prupusieron Ptolomeo y Kepler.
Y soñase con Shangri La de Hilton, con la fábrica de chocolate de Charlie o con el Viaje a la Luna de Verne.
No existen tantos vértices unidos en el poliédrico triacontakaiditeron de mi imaginación, así que apuraré mi casi vacío vaso de absentha. Y probablemente lo llene de nuevo, antes de acurrucarme ante mi chimenea en la que siempre arde el fuego de Ur, no lejos de mi mesa de baobab.
No hay comentarios:
Publicar un comentario