
Crónica XXXIII. A Enrique López Viñas, bajo las constelaciones de Llerena.
En un jardín que olía a tierra mojada, a jazmines y a geranios frescos, unos niños aprendían a jugar y a soñar. Aprendían a imaginar paises remotos, a volar en un coche de madera y a escalar unas hiedras que les llevaban a tiempos remotos, cuando el mundo era aún joven.
Contigo como inventor, escritor de guiones y director de aquel teatro fantástico bajo el brachinchinto: el viejo árbol de la casa que hoy, solitario y nostálgico, parece relatar con el canto de sus hojas aquellas épicas aventuras y batallas inimaginables por el resto de la humanidad.
Arriba, sonaba la Jota de la Dolores; interpretada magistralmente por Tía Araceli al piano, mientras el largo verano del pueblo languidecía diciéndonos al oído que teníamos que volver a nuestras casas hasta la Navidad.
Unos años ya de tu partida, tan pocos que aún no nos acostumbramos a no encontrarte cuando caminamos por los pasillos de la vieja casa encantada de Abuelina y las Tías en Llerena.
Cuentan las viejas leyendas que las personas mueren definitivamente cuando se las deja de recordar. Y eso estoy haciendo en estos momentos, Kike: recordarte, recordarnos, volver a admirarte y a quererte como si aún estuvieras con nosotros en el bullicio de la fuente ante una cerveza fría como la noche.
Y se qué este recuerdo hará que vuelvas durante un instante a nuestro lado, muy cerquita, tan cerca que podamos notar que sigues en nuestros recuerdos. Mientras, se que Marcelo Perozo volverá a ponerte un gin tonic desde la Fuente, para que lo bebas en aquella estrella mientras nos vuelves a contar historias tenebrosas de dragones, brujas y niños haciendo pasteles de barro en el jardín.
Y entre tanto, vuelven las lágrimas a unos ojos que miran hacia arriba, mientras mi boca susurra a la negra bóveda de la noche de Llerena: "Te queremos, maldito genio. Vuelve cuando quieras".
Sevilla, septiembre de 2018... unos años después. Pareció pasar un milenio
No hay comentarios:
Publicar un comentario