
Crónica XXXI. Frente al gramófono.
Aquella tarde, en la tímida frontera que separaba una limpia primavera de un verano aún no escrito, subí de nuevo a mi torre, buscando a un viejo compañero de noches de lobos: mi gramófono.
Después de servirme un generoso vaso de absentha y preparar mi sillón, frente a la ventana desde la que se ve Urano, deposité suavemente el disco de pizarra que contenía la música acuática de Häendel, y que iba a hablar solo en las siguientes horas.
Uno de los pequeños placeres de hacerse mayor es escuchar una pieza musical, casi olvidada y guardada en la caja de cien mil cerrojos que contiene los recuerdos de tiempos pretéritos.
Pensé que sería maravilloso jugar, escuchando una canción ya borrada, a intentar aflorar un sueño escondido en aquella caja. O una vivencia, o una lejana escena que estaba, desesperada y casi imperceptiblemente obstinada en no desaparecer de la memoria, en esa delgada linea que la une con el absoluto olvido.
Fue cuando le dije a mi gramófono: "dame un momento, sólo un momento para intentar recordarte".
Y fue entonces cuando apareció aquella imagen, borrosa y lejana: no quería acercarse, saltó, se fue, giró, voló y volvió... hasta que conseguí cimentarla y disfrutar de una ventana a un tiempo pasado que casi siempre fue hermoso.
Y fue entonces cuando apareció aquella imagen, borrosa y lejana: no quería acercarse, saltó, se fue, giró, voló y volvió... hasta que conseguí cimentarla y disfrutar de una ventana a un tiempo pasado que casi siempre fue hermoso.
Era una noche para recordar mientras apuraba mi absentha, una noche mágica de luciérnagas: una noche ante el gramófono.
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